
Dedicar días a crear un rap de TikTok para memorizar la fórmula cuadrática es una pérdida de tiempo. Para Ramanujan, como dijo Littlewood, cada uno de los enteros positivos era uno de sus amigos personales. Y un buen chiste matemático es mejor, y mejores matemáticas, que una docena de artículos mediocres.
(i) Leer (o escuchar) a Juan del Val es una miserable pérdida de tiempo.
(ii) Sus amigos íntimos son los modelos conocidos y trillados, el diseño predecible y la cultura de periódico, las mismas variaciones a la nada.
(iii) Cualquier tuit chistoso es infinitamente mejor que cualquiera de sus novelas.
Es una enfermedad. Ya nadie piensa, siente ni le importa; nadie se emociona ni cree en nada más que en su propia y cómoda mediocridad. ¿Conoces el sello distintivo de alguien de segunda? Es el resentimiento ante los valiosos y merecidos logros ajenos. El confundir la fama con la gloria. El ansia de figurar, la pasión voraz por el dinero. Esas mediocridades susceptibles que tiemblan temiendo que el trabajo mejor de alguien supere al suyo, que les quiten la silla o bajen del pedestal, no tienen ni idea de la soledad que se siente al llegar a la cima intelectual o estética o artística o científica. Ah la soledad de un igual, de una mente que respetar y un logro que admirar. Esa soledad, no el tumulto de los focos ante una kermese tan impostada como tramposa. Los mediocres te muestran los dientes desde sus ratoneras televisivas, desde sus cenas de gala, envidiando -acaso, si los comprenden- los logros de los inteligentes, y su sueño de grandeza solo es un mundo donde todos los hombres se han convertido en ese rasero tan mediano con que se miden ¿De qué sirven los elogios? ¿Y la adulación de hombres a quienes no respetas? ¿Alguna vez has sentido el anhelo de alguien a quien admirar? Admirar es admirable en función del admirado. Las personas creativas a menudo resultan desagradables o intimidantes ante las mediocridades. Mantenerse en el nivel común, ser premiado y no avergonzarse por ello; a veces no imagino peor tragedia.
“En el mundo de las letras hay mucha más pose que talento”, Juan del Val.
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Yo os quiero confesar, lectores, primero,
que las lechugas de Juan del Val,
no tienen, si bien se mira, otro rival,
que la boñiga de Ábalos y del carnero.
¡Viva la palabra barata, las papas mustias,
las pilas gastadas, las latas y chatarras,
las musas tullidas llenas de taras!
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Todo se salda al día,
todo el dinero lo iguala;
la novela vende su gala,
la prosa su valentía;
hasta la sabiduría
se dice pluma de Del Val,
¡Fenomenal!
