
Al despertar -tarde o temprano-, lo que más me gustaba era pensar que podía pasar el día entero solo; aquellos días fáciles y de natural reposo, estoicos, leyendo, escribiendo, deslizándome tranquilo en las aguas de mi propio pensamiento, navegando en el mundo que hay bajo la superficie.
Pero mi mente y mi depresión lo estropean todo. Me cuesta leer, pensar, idear.
A propósito de Juan del Val y de mí (pues la cita se aplica perfectamente a ambos): «Todo hombre tiene libertad para escribir, pero muy frecuentemente sin habilidad. Antes, el saber era favorecido por eruditos juiciosos, pero, ahora, las ciencias nobles son vilipendiadas por escritores viles e iletrados, que escriben por vanagloria, por necesidad, para ganar dinero, o como parásitos para adular y confraternizar con grandes hombres; publican bagatelas, basura y desperdicios. Entre tantos miles de autores, difícilmente encontrarás uno que, al leerlo, te haga mejorar, sino mucho peor; por lo cual, más bien se infecta que perfecciona […] ¡Qué catálogo de libros nuevos este año! ¡De toda su edad (aclaro) sacan nuestros Mercados de Frankfurt, nuestros Mercados nacionales! Dos veces al año nos esforzamos y los ponemos a la venta; tras un gran esfuerzo, no conseguimos nada… ¡Qué abundancia de libros! ¿Quién puede leerlos? Como ahora, tendremos un vasto caos y confusión de libros; estamos oprimidos por ellos, nos duelen los ojos de leer, nos duelen los dedos de girar. Por mi parte, soy uno más, uno más entre muchos, no lo niego…”, Robert Burton, «Anatomía de la melancolía».
Burton no era uno más entre muchos, era de esos tan pocos entre muchos. Del Val y yo sí. Lo mejor será pasarse todo el rato trasteando en las redes o viendo la tele. Me falta optimismo y fe para leer y escribir, o escuchar música. No sé.
