
«¿Hace algún mal, a una sociedad, que la gente no haya recibido una educación literaria suficientemente sólida, de modo que lea libros indignos de la estética literaria, en lugar de los mejores libros que ha dado la cultura de nuestro continente, y después, si la vida es larga, y abunda el ocio, la literatura de oportunidad, descaradamente efímera, con toda seguridad mal formada, desastrada, mal hecha? Pues no, no hace mal, no pasa nada, si la cuestión es leer.
Pero el nivel cultural de un país no se mide sobre la base de los libros circunstanciales, de ocasión, o rabiosamente (!) contemporáneos: se mide en el crisol de una espesa tradición literaria, hecha de la suma de los grandes libros y los pequeños libros escritos a lo largo de los siglos, configurando una sola clase lectora (en el mejor de los casos), y no dos clases divergentes», J. Lobetus.
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La calidad de literario es como aquello que decía Agustín sobre definir el tiempo. Hay autores, como Allende, Reverte, Posteguillo, Gómez Jurado, o Coelho, cuyo único mérito es que venden libros. Después, más allá de estos juicios de evidencia científica como la ley de Gay-Lussac, nos encontramos con juicios de gusto arbitrarios, esos tan jugosos, la divertida salsa rosa de los escritores (Boswell sobre Gibbon: «Gibbon es un tipo feo, afectado y repugnante, y enmierda a nuestro club literario. Lo pongo a la misma altura que los insectos venenosos»; Byron, cruel, sobre Keats: «Basta de Keats, se lo suplico; rasgarlo y destriparlo y desventrarlo de cabo a rabo. No hay manera humana de soportar la idiotez y la necedad de este maniquí».
El «Scriblerus Club» (Pope, Swift, Gay, Parnell, entre otros) blandía su vitriolo contra malos escritores y eruditos a la violeta . Por ejemplo, Pope burlándose del crítico Lewis Theobald (víctima principal de «The Dunciad»): “Theobald, the foremost of the dull! behold, / Not yet discharged, the debt of wit you owed.” O Swift en su poema “On Poetry: a Rhapsody” (1733) comparando a los malos poetas con ocas ruidosas.
Cuántos escribidores hay que tiene tanto estilo como un PowerPoint. Que escriben siguiendo un tutorial con el ordenador estropeado. Cuántos hombres de letras en minúscula.
“A Grub Street writer” es sinónimo de mercenario de la pluma, escritorzuelo, autor de segunda fila. Samuel Johnson (1755) definió “Grub Street” en su diccionario como: “the name of a street in London much inhabited by writers of small histories, dictionaries, and temporary poems” (“una calle de Londres habitada por escritores de historias menores, diccionarios y poemas efímeros”)
Juan del Val es un Grub Street writer, subespecie del “homo scriptor” caracterizada por la hipertrofia del ego bobalías, del ego de entendimiento pastoso, y la atrofia de la sintaxis (le sobra pagar a sus negros y le falta silencio) Que venda mucho y folle mucho y vaya mucho a desgañitarse con olés a los toros.
