Ecce homo 30

«Cuando los padres se acostumbran a dejar hacer a los hijos, cuando los maestros tiemblan ante sus discípulos y los prefieren adular; cuando, en fin, los jóvenes desprecian las leyes porque ya no reconocen sobre ellos la autoridad de nadie, entonces es el comienzo de la decadencia”, Platón, «La República», Libro VIII, 557b–558a, Gredos, 2003, Trad. José Antonio Míguez

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«Ruinam huius aetatis naturalis effectus fuit ex eo quod non super legibus et moribus ordinatis, sed super impudica cohorte latronum fundata est. Palpitationes temporis obscuri se ipsas et cives suos vendunt. Boni tacent, et mundus inanibus verbis repletur. Videtur insolescere stultitia, et studium litterarum cum ipsa sapientia deficit; homines magis amant strepitum armorum quam litteras librorum. Omnia vertuntur in pompam exteriorem et vanam curiositatem. Vitium locum virtutis occupavit, et qui exemplum esse debuerant, primi in ordine corruptionis stant. Saeculum incurvatur ad avaritiam, superbiam et gulam, et rationem iniuriis lacerat. Sapientes tacent aut blandientes serviunt; imperiti regunt, et rusticissimi beatissimi putantur. Mores adeo corrupti sunt ut vix agnoscas virum nobilem per virtutes, sed per fortunam solum. Mundus plenus est fallaciis et umbris, ita ut verum pro peregrino habeatur, et amatur tantum quod nos humiliat», Theodoricus de Apoldia (fl. ca. 1290–1310), «De vanitate saeculi et ruina temporum», cap. VII (circa 1300)

«La ruina de nuestra época fue el efecto natural de no estar fundada en las leyes y arregladas a las costumbres, sino en una desvergonzada banda de rufianes. Las palpitaciones del tiempo gris y oscuro se venden a sí mismas y a sus ciudadanos. Los hombres buenos callan, y el mundo se llena de palabras inútiles. Parece enseñorearse la necedad, y declina el estudio de las letras y con él la sabiduría; los hombres aman más el ruido que la letra de los libros. Todo se convierte en pompa exterior y vana curiosidad. El vicio ha usurpado el lugar de la virtud, y los que deberían ser ejemplo son los primeros en ocupar las filas de la corrupción. El siglo se encorva en avaricia, orgullo y gula, e injuria sin ambages a la razón. Los sabios callan, o bien adulan, los ignorantes gobiernan, y los más rústicos son los más felices. Las costumbres se han corrompido tanto que apenas se distingue ya al hombre noble por sus virtudes, sino por su fortuna. El mundo está tan lleno de engaños y sombras, que lo verdadero se tiene por extraño, y se ama solo aquello que nos rebaja», Theodoricus de Apoldia, “Sobre la vanidad del siglo y la ruina de los tiempos”.

¿No ven un enorme paralelismo con nuestros tiempos? La acción política se redujo a la gestión administrativa y burocrática, por parte de políticos babiecas que desprecian las leyes porque ya no reconocen sobre ellos la autoridad de nada ni nadie; la opinión pública -la peor de las opiniones- atrona en un murmurar farfullante ininterrumpido de redes sociales; los algoritmos atontan, y las palabras consoladoras se opacan y ahogan ante un Gran Océano de Likes y Memes; la mediocridad se impone, no por violencia, sino por indiferencia. En la ostentación de lo mediocre reside la psicología popular. Y el escritor mediocre es el peor, tanto por su estilo peregrino como por su moral utilitarista. Rasguña tímidamente, bárbaramente, lo que teclea; en collonadas de volúmenes que deberían terminar en el primer párrafo. La atención es un lujo escaso y está de capa caída. Y la necedad susurra universal en las apps y las pantallas.

“Las fiestas resplandecen con luces y vino,
pero los corazones son fríos y las lenguas rebosan de falsedad;
y todo es vanidad, y la vida un sueño”, Lord Byron.

“Weh mir! Wo nehm’ ich, wenn
Es Winter ist, die Blumen, und wo
Den Sonnenschein,
Und Schatten der Erde?», Hölderlin.

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