
Me levanto a las cinco y hago la ronda por mi biblioteca. «Como todos los hombres de la Biblioteca, he viajado en mi juventud; he peregrinado en busca de un libro, acaso del catálogo de catálogos; ahora que mis ojos casi no pueden descifrar lo que escribo, me preparo a morir a unas pocas leguas del hexágono en que nací», Borges.
Soy, a la vez, curioso y reacio. Y me asombra -y casi me enternece- la maravillosa pulcritud, la escrupulosa delicadeza, con que tratamos a personas enteramente corrientes, y, a la vez, nuestra compasión por quienes yerran o sufren, o la dignidad ante nuestras situaciones ordinarias, dolientes, tantas veces afrentosas, o la belleza, en fin, que otorgamos a la literatura a la par que la conciencia de nuestra propia y extrema pequeñez.
Soy un amasijo de citas (Emerson: «No cites: di lo que piensas») Yo pienso citando; no sé hacerlo de otro modo. Y leo con cierta desconfianza -ya lo decía Burton-: en la abundancia de libros hay más riesgo de corromper el juicio que de afinarlo.
Para mí el lujo material (una memez) es apenas una metáfora del lujo espiritual. Literatura, arte, música, ciencia: sofá de terciopelo azul noche, de los que venden en París o en Milán, con patas de latón bruñido; mis filigranas de Murano suspendidas del aire ; reloj Patek Philippe; ediciones que huelen a cuero y papel verjurado, con cortes dorados y tipos Garamond; casas con suelos de madera nórdica; champaña y «quiche Lorraine» en un «restaurant»con la amada.
