
Así como el nombre vibra, también vibra tu cuerpo.
De la insidiosa penumbra de mis propios pensamientos: «Martha». Martha, perdón respecto al suntuoso, dorado significado, ah luz de mi vida, fuego de mis entrañas. «Mar-tha»… y castañetea mi lengua en la boca. La primera sílaba, una inmensa, larga e irracional nube magenta, casi ubre roja velazqueña de la colina. La «t», alta fuente blanca sonando en la oscuridad, la «h» aspirada, radiante, que vierte zafiros luminosos, la «a», con tinte de trapo de tafetán siendo rasgado. Al nombrarte me pierdo en la sombra del sonido. «Martha», rosa chicle, torrefacto rosa, como fondo a una acuarela de Venecia donde se mezclan azules y tacto de bombachos. Mar-tha, la punta de la lengua emprende un viaje de un paso desde el borde del paladar para apoyarse, en el segundo, en el borde de los dientes.
Martha: dos nudos en la clavícula, otoño y veranos en los tobillos, pezones como granos de café, la noche presionando el pecho magnético y nutritivo, porque tu cuerpo, Martha, es más suave que el sueño y más blanco que el lirio. Las delgadas gelatinas rojas lamiendo tu vientre, la curva de la cadera, la curva de las rodillas. Los ojos como delgadas arenas rubias donde haraganear. Porque eres un astro en una galaxia ovalada o esférica. Eres el Todo, y la chispa divina del Todo.
