Del habla que ya no pronuncia latín o de la barbarie sonriente o de la corbata de seda hasta Tik Tok; pero yo, Jeremías con biblioteca y copa de Borgoña, os bendigo.
Cito: “Ana Mena ha estado al lado de la música desde bien pequeña, ganando el concurso ‘My Camp Rock 2’ de Disney Channel, y participando en varias series y programas televisivos. Todo esto la ha llevado a ser la artista que es, pero no solamente en este país. En Italia, es toda una estrella, con éxitos como Mezzanotte, la versión en italiano de su tema Las 12, o Duecentomila ore, un tema con el que participó en el Festival de la Canción de San Remo. Sin duda, Ana Mena está en su mejor momento como artista, después de un año en que ha llenado el WiZink Center y ha sacado un álbum lleno de temazos”.
El putaoctubre grasilueco que puso a la biburnia de la Ana Kassis en los aysterdames no sorprenderían mucho a los etícosis de su público, ¡¡¡paramamáyparapapá!!!. El zepelín mezclado, superpuesto, exhibido sin tregua, hasta hacer el vuelo irreconocible, pantanoso, laberíntico, gaseoso y, al final, explosionado.
Más allá de este límite, del fuego, está el caos eterno. Después del fin de la palabra empieza el gran alarido orgánico. Como dice el sociólogo E. Rosenfeld: “Darle la mano a alguien fue lo que nunca el pueblo esperó […] un pueblo de alegres unidimensionales a lo largo de su vida […] Una tarea popular que vivió y cumplió la democracia desde sus tabernas, desde la simpleza de su percepción de la realidad y de la creación de mundos impropios para nunca sobrepasar la existencia, una existencia que fue tocada por la náusea, y que se pudo superar a través de embrujos que creaban náuseas superiores”, Eliyahu Rosenfeld, The Twilight of Form: Essays on Culture and Its Ruin, New York: Archangel Press, 2016, p. 47.
Esforcémonos en pensar y escribir y hablar bien; el principio de la civilización. Y no lo olvidemos. La Rochefoucauld sospechó de las virtudes públicas y constató que: “el entendimiento es siempre la víctima del corazón”. Chamfort, pesimista extremo, causa inquietud con su negrura: “Vivir es una enfermedad de la que el sueño nos alivia cada dieciséis horas. Éste es un paliativo. La muerte es el remedio”; aunque a la vez afirmó que “pensar consuela de todo”. La Bruyère, preceptor de Luis XIV, describió sin rodeos los caracteres humanos: el ambicioso, el taimado, el burlón, el adulador, y prefirió el párrafo más largo a la máxima lapidaria, aunque aportó algunas tan actuales como ésta: “Si la pobreza es la madre de los crímenes, la falta de inteligencia es el padre”.
Vauvenargues, apenas traducido al castellano, sentenció que: “La claridad es la buena fe de los filósofos”, una máxima con frecuencia olvidada por ese gremio; y también que: “los grandes pensamientos vienen del corazón». Y Joubert, aforista secreto e íntimo, lector de Platón e “inhábil para el discurso continuado”, anotó asertos tan prerrománticos como éste: “Yo debo de soñar con la belleza como otros dicen que sueñan con la felicidad”, o este otro: “Para vivir, con poca vida basta. Para amar, hace falta mucha”.
Paramamáyparapapá y paramotomamiymamimoto.
