Ecce homo 43

Mediocridad numérica, abuso de la estadística; ese favorecer lo consuetudinario y castigar lo divino, la tiranía de la ignorancia colectiva; el populacho desprecia la ceremonia de los nenúfares, nuestras ninfas de gotas de ardiente veneno en sus entrañas, el azul de Patinir de un atiborrado cielo de luces zodiacales y oxigenadas.

Así que, Antidisturbios, ¡golpeadlos! Temen y desprecian el paso cauteloso de la Luna por los naranjales, los días estivales con paroxismos de la lujuria, el Coro de la iglesia de Saint Michel de Lunebourg en donde Bach descubre la música coral polifónica. E insultan a Brummel, encarcelan a Wilde, escupen a Crisp. No son individuos, son bichos, del género Pongo.

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“El hombre-masa ignora lo que es la cultura y desprecia a quienes la poseen. Su potencia social proviene no de su mérito sino de su número. La mediocridad, cuando se convierte en mayoría, impone su ley, y el genio queda reducido a minoría marginal”, Ortega y Gasset.

“El nivel educativo universal, cuando se pretende uniforme, produce un efecto colosal: el hombre común se vuelve mediocre, y los pocos talentos excepcionales quedan obligados a adaptarse a la mediocridad general. La vulgaridad se instala como norma”, Nietzsche.

“El hombre mediocre nunca es dueño de sí; su único deseo es no sobresalir, integrarse y reproducir el pensamiento de los demás. En la democracia moderna, donde el número sustituye al mérito, la mediocridad no solo predomina, sino que se consagra”, José Ingenieros.

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Las riquezas del mundo no se diluyen en la multitud, sino en uno, en el alado, en el tocado y hecho por la mano de Dios, y no manufacturado en serie. Que las riquezas que yacen dispersas en llanuras kilométricas, en la planicie inmensa y hormigueante de la ciudad, se concentren en un palmo, en una sola casa. Amén. Y lejos de mí se pavoneen los negruzcos piojos de la gentuza.

Soy el artista. No puedo abandonar mi idioma natural, mi libre, rica, infinitamente dócil lengua española, desprovista de todos esos aparatos que la afean: el espejo falaz, el falso telón de terciopelo negro del teatro de barrio, las asociaciones y tradiciones implícitas en que “A” se sigue, como sombra al sol, de “B”. Soy el artista en la estirpe de los escritores del “odium saeculi”: Nietzsche, Gómez Dávila, Bernhard, el Valle-Inclán tardío, incluso Céline en lo musical de la injuria. Con mi tono monódico en “fortissimo”. Un defecto, claro, pero deseo ser sublime sin interrupción.

NOTA BENE: La cita atribuida a Nietzsche es falsa. Y, como suelo repetir, conste que aquí entra en juego mi máscara, mi yo de combate, mi yo ficcional (mi yo biográfico no insulta ni desprecia a nadie; es bonachón, circunspecto, a veces irónico, siempre ingenuo)

Entre el palimpsesto pessoano de mis voces literarias -que se contradicen-, a veces me pregunto por qué me siento tan cómoda con ésta. Es un poco como la versión bestial y en bruto de los sarcasmos aquellos de papá, como la voz de un adolescente débil y feo que sueña (fantasía compensatoria) con ser el increíble Hulk.

Ese yo de estilo barroco injurioso, como los desprecios que recibimos los moderadamente ilustrados por parte del pueblo (mejor: por un subconjunto del pueblo)

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