Un ojo que no cesa de mirar atrás, a mamá y papá. Oponerse a la condena de una vida que muy pronto se torció ¿Se torció?, mejor, se transformó en lenguaje. Lenguaje: contracara del sufrimiento, frasquito y trasunto de «eros», «philia» y «ágape».
“Yo no busco evocar mi infancia, sino reconstruir el mundo que ella contenía.”, Saint-Exupéry. “Nada se ha perdido mientras pueda ser escrito”, André Gide. “Escribir es la única manera de conservar la infancia”, Rilke. Cada letra, cada palabra, cada frase, cada párrafo, son puentes plateados a un lugar de redención; idioma que custodia una rara sobre-realidad, una pugnaz inmortalidad. Y, así, además, el dolor se convierte en forma (evita la ulcerada herida), y así, encima, me mantengo cuerdo.
Mi infancia fue lujosa; mis palabras deben ser lujosas. Los perfumes, los colores, el tacto de la seda, y los sonidos se corresponden. Las aes son cuerpos sonoros que evocan el azur. Las emes son verdes oscuros cruzadas con rojos mates. Queda este color eterno: «ma-má». Las pes son velos de luz hermanos del arco iris; pronuncio, y vibra en mi paladar: «pa-pá».
Escribir: sinestesias de oros acordadas al tono armónico de una infancia indisputablemente feliz.
