El “no saber mucho” se lleva con orgullo, mientras la erudición o el gusto fino se vuelven raros, casi subversivos. Eso explica por qué alguien que escribe como yo -con lirismo, memoria, respeto a la tradición y sensibilidad- se siente invisibilizado: hablo un idioma que que la inmensa mayoría ya no escucha.
Pero, atentos:
«La verdadera grandeza del hombre consiste en la mente instruida, en la comprensión de las cosas nobles y en el cultivo del alma por medio del conocimiento», Cicerón, «De officiis», Gredos, pág. 56. Y Confucio, en las «Analectas», con su proverbial fraseología agrícola, nos advirtió que el hombre que no estudia y que no reflexiona es como el que labra la tierra sin semilla: no puede producir fruto alguno. Y, Bacon, ese ensayista colosal, en «The Advancement of Learning», nos iluminó sobre la servidumbre voluntaria al declarar que los hombres que se contentan con las superficies de las cosas están encadenados por su propia negligencia, y que solo el estudio y la reflexión liberan la mente y la hacen capaz de gobernar el mundo.
Séneca, Montesquieu, Goethe, y muchos otros, argumentaron sobre la ignorancia como una inequívoca esclavitud y un ininterrumpido peligro. Si cultivas (y el étimo de «cultura» proviene del verbo «cultivar») si cultivas tu espíritu con literatura, pintura, música, filosofía y ciencia, vives plenamente y sientes la vida con mayor intensidad; que nadie dude que en la conciencia estética y cognitiva reside buena parte de la felidad y la buena vida.
El hombre mediocre es esclavo del capricho de los poderosos; su anárquica energía y su vacío interior nos recuerdan a los hombres encadenados que nos explicó Platón en el mito de la caverna.
Despierta, no seas rucio y lee.
