En diciembre presentaré tres libros de golpe. Ya tengo casi preparado el texto: sobre los innumerables errores que contienen. Por ejemplo no está bien resuelta la tensión entre orden y caos, la prosa pictórica a veces declina en lo churrigueresco, la erudición y la confesión íntima a menudo son demasiado indirectas, cogidas por los pelos, las ideas metalingüísticas son propias de un mal estudiante de primero de carrera, la fragmentación se descontrola más de lo que yo quisiera (sí que una de sus intenciones es que refleje la fragmentación del yo esquizofrénico, pero a veces redunda en mera ilegibilidad) Asimismo las citas abundantes y descripciones pueden abrumar a lectores no especializados o poco ilustrados. La fragmentación extrema, insisto, aunque es intencional, provoca que algunos lectores se pierdan sin un hilo-guía más visible. Las referencias muy específicas requieren un lector culto o habituado a la literatura moderna y clásica, a la conversación culta a lo largo de la humanidad.
Eso en la hipótesis más optimista.
Siendo más despiadado y «destroyer»: la densidad léxica es extrema. Cada frase está saturada de adjetivos, referencias y sinestesias. El lector promedio no puede respirar. Por ejemplo: nombres que se convierten en colores, texturas, olores y sonidos…, ¿fascinante?, no sé, pero estrangula la comprensión. Me alejo del lector en lugar de atraerlo. La literatura no debe ser solo un juego para mi propio intelecto, sino un puente hacia otros. Mi escritura es una fortaleza inaccesible y secreta.
El exceso de fragmentación y salto de ideas genera un efecto de caos intelectual. Los asteriscos, paréntesis y citas interminables cortan el ritmo. A veces parece que esté escribiendo para mi mismo, no para alguien que va a leerlo.
Citas que demuestran cultura, sí, pero de una sobrecarga constante.
La consecuencia es que mis libros se convierten en ejercicios de pedantería, de pretenciosidad.
La nostalgia y la reconstrucción del pasado son hiperbólicas. Cada recuerdo está transfigurado, embellecido hasta casi lo irreconocible. El lector puede desconectarse porque siente que le estás mostrando un mundo que no puede habitar. Ese lirismo exclusivo y elitista deja fuera y repele a la gran mayoría.
Las frases largas y la acumulación de ideas producen fatiga lectora. No hay suficiente pausa, no hay respiro mental. El conjunto agota incluso a lectores cultos.
La voz es consistentemente elevada, alta, ceremonial. Falta humildad, diálogo con tonos más cotidianos. Todo es profundo, intenso, solemne. Cansa y aleja…pompa, burbujitas coloreadas poéticas
