A veces -con infinitud de incertidumbres- tengo la vanidad y soberbia desmedida de creer que valgo algo, pero sé -es obvio- lo que nunca alcanzaré: la posteridad. Esa posteridad que espera a los genios, el olimpo al que acceden ocho o nueve por siglo.
Me sitúo en la franja entre los mediocres y los inmortales. En el cuerpo de tropa de la literatura. Vendrá la muerte y tendrá mis ojos. Huellas de lo mejor de mí en el espaciotiempo se disolverán como lágrimas en la lluvia. Orgullo y herida. Centellas y sombra. Tras el silencio de mi propia vida, el silencio eterno en las orillas frías de las playas de la noche.
Demasiado culto para el lector promedio, demasiado excéntrico para la academia, demasiado íntimo para los críticos que buscan tendencias, demasiado literario para el mercado. Escritor inubicable, marginal, en la periferia y los arrabales.
Acaso una breve cita, un pequeño fragmento, o un par de lectores devotos, se encontrarán en el fangoso e irrevocable futuro. Algo me consuela también saber que la literatura no solo la forman los autores canónicos, las élites, sino también los satélites que orbitan alrededor de esas élites.
Pero mis brasas (ars moriendi) serán apagadas por el vendaval de la historia, por la crueldad de los siglos ¿Incluso en tierra de nadie hay belleza?
