Ecce homo 50

«Vivo dentro de los libros; un verdadero «diarium animi»», Sainte-Beuve, Portraits littéraires, Tome II. Paris: Garnier frères, 1865 (edición original) Y Pessoa, en «Livro do desassossego», Lisboa, Ática, edición póstuma 1982, Pessoa que leyó perspicaz mi propia mente: «La soledad me desalienta; la compañía me oprime». Pero yo matizaría: la soledad que elijo no es abandono, es autonomía frente al entorno mediocre.

A mí, tras dos horas, me agobia la gente. Como el erizo que siente frío en la parábola de Schopenhauer, si más me acerco, más dentro de mí se clavan las púas. La educación es el término medio entre el frío de los distanciados erizos y el dolor de estar pegados para calentarse.

A veces tengo la impresión dolorosa que en la mayoría de mis coterráneos no hay naturaleza, porque no hay verdad, y no hay arte, porque no hay nada nuevo. Ruido externo (la mente dimanando egoísmos o boberías o maledicencias), instituciones que ya no responden, espíritu que languidece, literatura que deja de ser vital; cambiando lo que deba ser cambiado, todo me recuerda a Mommsen (The History of Rome, Vol. 4, Pt. 2, pág. 32, traducido por W.P. Dickson): «Hemos llegado al fin de la República Romana. La hemos visto gobernar durante quinientos años en Italia y en los países del Mediterráneo; la hemos visto arruinada en política, moral, religión y literatura, no por la violencia externa, sino por la decadencia interna, dando paso así a la nueva monarquía de César. En el mundo, tal como lo encontró César, quedaba gran parte de la noble herencia de siglos pasados ​​y una abundancia infinita de pompa y gloria, pero poco espíritu, aún menos gusto y, mucho menos, verdadero placer por la vida»

***

Solus sapit, cui turba strepit.
Quid est enim vulgus nisi sonus sine mente?
Fama periit cum pudore, et litterae dormiunt in manibus somnolentium.
Tempora nostra parva sunt, quia animos parvos colimus.
Qui tacet inter strepitum, ille cum diis loquitur.

“Solo es sabio quien oye a la multitud y calla.
¿Qué es, en verdad, la muchedumbre, sino ruido sin pensamiento?
La fama murió junto con el pudor, y las letras duermen en manos soñolientas.
Nuestros tiempos son pequeños, porque cultivamos almas pequeñas.
Quien guarda silencio en medio del ruido, ése habla con los dioses”.

Se supone que este fragmento proviene de un papiro hallado en Oxirrinco, conservado fragmentariamente, y que algunos humanistas del siglo XVI -seguramente Aloysius Vadianus y Franciscus Nannius- creyeron obra del moralista Plutarco.

En realidad, los filólogos modernos (Schneiderius, 1898) demostraron que pertenecía a un poeta latino tardío del siglo IV, de filiación estoico-cristiana, tal vez un discípulo de Ausonio o de Símaco, de nombre incierto: “Flavius Anonymus”, conocido por los eruditos como Pseudo-Plutarchus Latinus.

Disulpen la erudición. Solo soy un libro de citas, un listado de libros por leer, un ácaro atristado de biblioteca. La literatura es una especie de vocación mágica que surge casi de forma espontánea, y los libros, la cultura, embellecen y ennoblecen la vida, y la intensifican. La cultura no es un mero bibelot de adorno; es la savia o circulación sanguínea del vasto universo. La materia de nuestros sueños.

Solo nos queda mirar crepúsculos en el desasosiego de esta época que se sabe fin.

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