Aprecien mi gesto moral, no solo estético: un intento de sostener, desde el lenguaje, la dignidad de lo humano. Me sé un escritor “postrero”. Créanme, lo que a primera vista podría parecer misantropía o pesimismo es, en realidad, un lamento por la degradación de nuestras avenidas interiores.
En mi furia panfletaria me sé un humanista que perdió todas las batallas ¿Perciben la ternura del solitario, del ensoñado lector total, que, pese a todo, sigue amando al mundo?
Perdonen a este pobre niño loco que solo aspiró a querer y ser querido (sin lograrlo), a este pobre niño que, yendo de la mano de papá y mamá, se extravió en medio de la ciudad tumultuosa, y busca, y busca, y no encuentra…
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Proust; la literatura (del pasado y del presente) como una serie de notas a pie de página de su conciencia. Joyce; lo asocio en mis imaginaciones a Arnold Schönberg, concretamente «Pierrot Lunaire»: lógica atonal, lenguaje como materia pura, disonancia, fragmento, delirio controlado. Fernando Aramburu; narrador sólido, honesto, sin vuelo poético. Literatura cívica, no artística. Annie Ernaux; el bisturí. Valiente. Auténtica. Pero a veces más socióloga que escritora. ¿Paralelismo musical? Dmitri Shostakóvich, «Concierto para piano nº 2», por la disciplina sentimental. Juan del Val; literatura de plató televisivo. Andrea Bocelli en versión karaoke. Paulo Coelho; calendario de gasolinera. Kitsch en estado zen. Dan Brown; no sabe escribir. Y lo sabe.
Umberto Eco; un medievalista que descubrió el marketing antes que Amazon. Cormac McCarthy; biblia y pólvora. Béla Bartók, «Música para cuerdas». Borges; Johann Sebastian Bach, «El arte de la fuga». Borges habría disfrutado escuchando una fuga triple en la escena de los espejos de la «La dama de Shangai». Nabokov; esmalte de artificiosa perfección. El placer tallando la sintaxis. Maurice Ravel, «Daphnis et Chloé». Nieves Herreo; reguetón.
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No pude ser feliz. Un “falso aristócrata” no es impostor ni dandi, ni hipócrita: es un moralista herido, alguien que, a rastras, aún defiende la forma -el buen gusto, la piedad, la sintaxis- como última frontera del decoro.
Infeliz, como el gusano que sabe que el arado lo partirá en dos, y aun así, permanece en el surco. Desde mi soledad culta -extremo margen-, reclamo la dicha del orante. Mi furia es una elegía de la tristeza. Soy superior en sensibilidad, no por soberbia, sino por vulnerabilidad. Mamá y papá perdidos en los claustros del tiempo.
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“La felicità è una virtù dell’animo, non un dono della sorte.”, Leon Battista Alberti, «Della famiglia».
“Vera felicitas est tranquilla conscientia et mens sine metu”, Erasmo de Rotterdam, «Enchiridion militis christiani».
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Álvarez cita como quien fuma opio, y es la única perla en la alta mar de la líquida basura. Lirios, cultura bordada con hilos de oro. «La Primavera de Botticelli», o la «Olympia» de Manet, pero, sobre todo, de De Chirico, el «Misterio y melancolía de una calle», se avienen perfectamente con «Museo de cera». Álvarez: el coleccionista de ruinas. La dulcísima criatura de amor, criatura de una felicidad que aún no ha salido de Watteau, decorados de Venecia, cuando ser español es una desgracia. Ecos de metralla en un prostíbulo «educated». Y Tucídides en el cristal de la copa. Nos enseñó a leer con los ojos del sueño y nos enseñó a escribir con los labios de la mente. Como Montaigne dijo sobre Plutarco (Ensayos, II, 10), y, aunque yo soy una mera pulga, puedo decir de mi maestro Álvarez: “El único autor a quien casi por entero debo lo que soy”.
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Y del Museo a la tienda de souvenirs: Rupi Kaur, Elvira Sastre, Amanda Gorman, Cabaliere, Defreds, Irene X, Marwán ETC. Como imágenes, les cuadran los autorretratos con filtro sepia de Instagram. Los Alvises y Vitos Quiles de la literatura. Leyendo sus libros, uno siente ganas de caminar a cuatro patas. Obreros que creen que el lenguaje se limpia con grasa. Adultos con la edad mental de un niño de seis años. Los epígonos del cansancio. Quieren ser Biedma o Larkin y acaban en calendarios solidarios. Evas Brauns felicitando por San Valentín.
