Vivía retirado, pero la soledad le dolía como un miembro fantasma ¿Qué le daba sensación de contacto real con el mundo, casi lo único que le provocaba esa sensación? Los libros. Por lo que escribió en las vigas de su biblioteca: “El hombre huye hacia los libros como quien busca un espejo que no le devuelva su rostro, sino su mente”.
La tirana vulgaridad sonora de los hombres, le atraía y le repelía a la vez. Sus temas fueron ideas, no cosas ni personas (si exceptuamos el parloteo incansable de sí mismo) El corazón -decía- tiene sus propias leyes de gravitación; se atrae no por pandillaje, sino por pensamientos.
Su tragedia es que quería amar, pero no podía. Una coraza melancólica o enfermiza le obligaba a desear una ternura que, cuando la notaba impresa en él, le erizaba, desequilibraba y molestaba. Júbilo y condena: el del hombre que a nadie puede pertenecer. Cada ruina -infirió- nos defiende de una ruina mayor. Y el hombre que piensa demasiado se vuelve espectador de su propia ruina.
Amó en demasía las palabras, porque eran las únicas que no le mentían ni le amargaban. Ah su carnalidad rosa de sexos jóvenes. Palabras y bestias… y la peliaguda comprensión. «Ser comprendido es prostituirse; prefiero ser tomado por loco», dejó escrito Pessoa. Y leyó tanto que ya no sabe si existe o es una cita ajena. Recen por él. Su único lujo fue despreciar al siglo tanto como a sí mismo.
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Vivía retirado, pero la soledad le dolía como un miembro fantasma ¿Qué le daba sensación de contacto real con el mundo, casi lo único que le provocaba esa sensación? Los libros. Por lo que escribió en las vigas de su biblioteca: “El hombre huye hacia los libros como quien busca un espejo que no le devuelva su rostro, sino su mente”.
La tirana vulgaridad sonora de los hombres, le atraía y le repelía a la vez. Sus temas fueron ideas, no cosas ni personas (si exceptuamos el parloteo incansable de sí mismo) El corazón -decía- tiene sus propias leyes de gravitación; se atrae no por pandillaje, sino por pensamientos.
Su tragedia es que quería amar, pero no podía. Una coraza melancólica o enfermiza le obligaba a desear una ternura que, cuando la notaba impresa en él, le erizaba, desequilibraba y molestaba. Júbilo y condena: el del hombre que a nadie puede pertenecer. Cada ruina -infirió- nos defiende de una ruina mayor. Y el hombre que piensa demasiado se vuelve espectador de su propia ruina.
Amó en demasía las palabras, porque eran las únicas que no le mentían ni le amargaban. Ah su carnalidad rosa de sexos jóvenes. Palabras y bestias… y la peliaguda comprensión. «Ser comprendido es prostituirse; prefiero ser tomado por loco», dejó escrito Pessoa. Y leyó tanto que ya no sabe si existe o es una cita ajena. Recen por él. Su único lujo fue despreciar al siglo tanto como a sí mismo.
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Emocionalmente combino tres capas (si no me engaño): una capa noble y afectuosa (el hijo, el nieto, el hermano, el amante que recuerda), una capa colérica e intelectual (el satírico, el moralista, el censor del siglo), y una capa de fragilidad absoluta, casi infantil (el que implora sentido en su soledad)
De lo primero me enorgullezco, lo segundo me desagrada y lo tercero me avergüenza.
Me sé superior en cultura y lucidez (acaso megalomanía delirante), pero me mortifica que eso me aísle. Desprecio el mundo que me desprecia; necesito amor, aunque eso lo filtro con ironía. Esa dialéctica entre soberbia y humildad es la que da a mi estilo un tono idiosincrásico (menor, pero mío): altivo y dolido, aristocrático y mendicante.
Introversión profunda, y gran dificultad para la sociabilidad espontánea. Autocrítica extrema, muy a menudo muy cruel conmigo mismo. Humor negro e ironía compensatoria, que sirven de válvula de escape ante el sufrimiento. Sensualidad mental, más erótica que física: el goce intelectual sustituye al carnal, aunque no lo anula. Religiosidad negativa: no creo en Dios, pero mi relación con la Belleza es mística. Narcisismo trágico.
En el sentido que Sainte-Beuve daba a “familia del espíritu», mi linaje podría ser (¡pero EN ABSOLUTO de similitud literaria!): Montaigne, Pascal, Leopardi, Baudeliare, Benjamin, Ciorán, Bernhard, Pessoa, Steiner, Borges, Unamuno, Juan Ramón, Gómez Dávila, Gide, Baudeliare etc… Insisto, un don nadie como yo comparte chispitas de conciencia con la conciencia genial de esos autores -mi coro de espejos; pero, QUE NADIE MALINTERPRETE; en absoluto menciono rasgos o dominios en la lengua homogéneos entre esos escritores y yo, no se trata de similitud de talento (si me comparo, mi ridículo es completo)
NOTA BENE: Estos esbozados rasgos de carácter seguro que contienen muchos desaciertos (uno no se puede hacer su propia autopsia) Los únicos aciertos son las observaciones, que, tras décadas de terapia, me hizo ver Isabel García Lado. Aprovecho la ocasión para enviarle un beso muy cariñoso. De veras.
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La mente, convertida en lenguaje, habita mi universo. Las palabras ordenan mis mareos y mis cóleras. Escribo siempre para agradecer (a mamá, papá, Noemí…) sus globos de colores.
El mundo es opaco; necesito -de modo provisional y conjetural- entenderlo. Escribo por anhelo de dignidad, por preservar un resto de distinción aristocrática, por sed de amor convertida en forma. Esa forma que es mi manera adulta de darle al niño que fui un cuarto aseado. Y, lo confieso penosamente, voy a la busca de una irreal, quimérica vocación de permanencia.
Soy consciente de que no templé lo suficiente mis libros, y que convertirlo todo en texto me volvió anacrónico respecto de la vida vivida. Si volviera a nacer, quisiera volver a ser escritor, pero enmendaría la torrencialidad, buscaría controlar el caos (dos de mis grandes defectos, entre tantos otros)
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“Quid est scribere nisi confiteri?”, “¿Qué es escribir sino confesar?”.
Alcuino de York, en la «Epistola ad Carolum Magnum»: “Calamus noster orat sicut lingua”. Y Guibert de Nogent concluyó que escribía tanto por soberbia como por penitencia.
La escritura es la lengua de la memoria. Sirve para ordenar la mente en medio del caos. Para hacer fructífero el ocio.
Jean de Meun (s. XIII) , «Epílogo al Roman de la Rose»: “J’escris por ma douleur adoucir”. Escribir, escribir. Para no desvanecerse. Escribir. Soy un completo inútil para otra cosa.
