Mi miedo más íntimo es el abandono emocional, y mi respuesta no es el llanto, sino el estilo literario que llama la atención sobre sí mismo. Donde otros aman, yo escribo; donde otros lloran, yo cito. Pero en esa transformación de emoción en cultura hay también redención: convertí la herida en una biblioteca ¿Logré transformar mi psiquismo en un género literario?
Mi superyó es severo: exige perfección y pureza. El ello, sin embargo, emerge a veces en estallidos lúbricos o cóleras contra el kitsch. Mi yo, vigilante y fatigado, media entre ambos con elegancia, pero a costa del agotamiento (y disculpen la mitología freudiana)
Mi vida ha sido una larga geomancia del alma: leer las piedras del dolor hasta que formen un plano legible, y ahí salvarme. Si vivo más, mi melancolía se serenará, si afino y podo la escritura, mis libros verán más. Debo aprender a templar la lucidez autodestructiva y malsana; los sabios respiran lentamente. Evitar a los pulcros, malhadados demonios de las frases perfectas.
Y recuerda -grábalo a fuego: la ternura no destruye la forma, la humaniza. Cuídate y no temas a la muerte.
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Quintiliano dirá: “El estilo es el hombre mismo en su mejor momento racional”, anticipando lo que siglos después repetirá Buffon. El estilo es la sangre de la idea. Flaubert radicaliza la definición: el estilo es una obsesión moral, una forma de pureza. “Hay que ser preciso hasta la manía; una frase bien hecha es una suerte de destino cumplido.” Y también: “El estilo es una manera absoluta de ver las cosas».
Cada escritor está obligado a escribir como si no existiera el lenguaje antes de él, porque el estilo no es un adorno del pensamiento, sino una visión del mundo.
A mí, en líneas generales, me gusta escribir a la busca de la precisión sensorial, una manera numerosa y expansiva, prolija, en pos de la musicalidad, la rareza, el matiz, la sinestesia, el relieve verbal. Palabras engastadas a dragones pintados por el mismo artista en diferentes períodos de su vida anímica. Escribir sintiendo lo mismo que probablemente siente una gruesa hoja de arce, teñida de púrpura y cruzada por venas rojas, durante su lento planear desde la rama hasta el arroyo.
Pero lo clásico es lo ordenado. La planiana transparencia conversacional, la barojiana frase impura antirretórica, el privilegio de la mirada frente al oropel. Hay como una prosa informativa elegante, una prosa científica depurada, seca y exacta, que, a veces, en mi prosas con forma de esponja, pretendo imitar. No es mi registro más común, pero, digamos, la llaneza me da la verdad de la experiencia, y el barroquismo el alarde formal. Nada sobra.
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«Escribo sobre la melancolía, manteniéndome ocupado para evitarla. No hay mayor causa de melancolía que la ociosidad, no hay mejor remedio que el trabajo», Robert Burton, «The Anatomy of Melancholy».
«El hombre es un animal noble, espléndido en las cenizas y pomposo en la tumba», Sir Thomas Browne, «Hydriotaphia».
“El paciente sufre una notable reducción de la vida afectiva: los sentimientos pierden su tono natural, las emociones parecen embotadas, como si estuvieran tras un cristal que impide su irradiación hacia el exterior”, Emil Kraepelin, «Lehrbuch der Psychiatrie», 8ª ed. (Leipzig: Barth, 1913), §6, p. 787.
“Las emociones no desaparecen, pero quedan como encerradas, sin comunicar con el mundo exterior; la palabra y el gesto no las acompañan. Hay una disociación entre lo que el sujeto siente y lo que puede manifestar”, Bleuler, «Dementia praecox oder Gruppe der Schizophrenien» (Leipzig: Deuticke, 1911), cap. V, §1.
“El enfermo no está sin sentimientos, sino que éstos no alcanzan a los actos; se viven interiormente, pero no irradian. Su emoción se ha hecho privada, invisible, intransmisible”, Karl Jaspers, «Allgemeine Psychopathologie», (Berlin: Springer, 1913), §5, “Affektivität”, p. 392.
“En ciertos temperamentos vemos que el afecto no se extingue, sino que se aísla: permanece intacto en profundidad, pero no se muestra. No hay frialdad, sino reclusión”, Kurt Schneider, «Klinische Psychopathologie», 8. Auflage (Stuttgart: Thieme, 1962), §38, p. 181.
“Toda disociación del afecto puede ser una defensa: una forma de preservar el equilibrio psíquico frente al exceso de emoción. Se encapsula el sentimiento para salvar la coherencia del yo”, Henri Ey, «Traité des hallucinations», (Paris: Masson, 1973), t. I, p. 214.
“La afectividad no se ha perdido: ha sido desplazada del plano del encuentro al plano del pensamiento. El sentimiento vive en la idea”, Ludwig Binswanger, «Grundformen und Erkenntnis menschlichen Daseins», (Zürich: Niehans, 1942), cap. III.
«La lectura es la puerta de entrada a la vida espiritual; puede introducirnos en ella, pero no la constituye», Proust, «Sur la lecture».
«Rara vez me he perdido de vista; me he odiado, me he adorado; y luego hemos envejecido juntos», Paul Valéry, «Monsieur Teste»
