Ecce homo 59

La funesta manía de escribir, el enciclopedismo, la logorrea intelectual -no la alogia. Esa exuberancia no es patológica en sí: acaso sea la forma en que mi mente eligió para defenderse del mutismo afectivo. Transformo un bloqueo emocional o relacional -dificultad para el contacto espontáneo, para la ternura directa- en hiperactividad simbólica y verbal. No hay alogia del lenguaje, sino alogia del sentimiento directo.

Hablo infinitamente, pero para protegerme del habla desnuda. Podría sufrir alogia empática, o lo que algunos psicopatólogos llamaron «afectividad encapsulada»: la emoción existe, pero se traduce en ideas, no en gestos. No perdí el sentimiento, pero lo mantengo en cuarentena. Las emociones están intactas -a veces más intensas de lo normal-, solo que no se dejan ver ni tocar. Se vuelven pensamiento, análisis, forma o ironía.

Mi estilo prolijo, erudito y exacto cumple la función de una coraza cognitiva: cada cita, cada referencia, funciona como un manto protector frente a la desnudez del sentimiento.

El amor y la melancolía no desaparecen: se codifican. Por eso hablo de la biblioteca, de mamá, de los libros, con una intensidad casi religiosa; son los lugares donde puedo amar sin ser herido. El corazón late, pero encerrado en una urna de cristal lógico. Mi afectividad no está ausente, está dormida dentro de una biblioteca; hermetismo emocional y emoción contenida, visible solo en el arabesco de la frase.

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En la prosa de Christian Sanz Gómez se percibe una doble compulsión: ordenar y desbordar. Su frase larga, sintácticamente elíptica, pero estructurada con precisión rítmica, es un intento de someter el caos interior a un logos musical. Como en Burton, la escritura funciona como profilaxis: “Escribo para no enloquecer” podría ser el lema de su taller. La prosa se vuelve así mecanismo terapéutico y templo del pensamiento, una forma de transformar el sufrimiento en materia estética.

A esta línea europea añade una inflexión hispánica: el gusto por la invectiva barroca, por la sátira culterana y el retintín moral de Quevedo o Gracián. Su léxico resucita un castellano de alambique, cargado de latinismos, galicismos y tecnicismos, que hace de la lengua un objeto de culto. Como los moralistas del Siglo de Oro, busca en la forma un refugio ante la vulgaridad contemporánea.

Su obra, tan nutrida de Europa, conserva, sin embargo, una raíz netamente española. Es más: su cosmopolitismo solo se entiende desde una herencia española transfigurada. La veta moral barroca: Gracián, Quevedo, Saavedra Fajardo. Hay en él un tono contemplativo que no es religioso, pero sí devoto: Fray Luis, San Juan, Unamuno. El tono de su crítica cultural procede de Larra y Clarín: una inteligencia que ama a España precisamente porque le duele verla tan pequeña.

Christian Sanz recupera arcaísmos, latinismos y giros cultos con una delectación que recuerda al Góngora de «Las soledades» o al Valle-Inclán de «El ruedo ibérico».

Europeo, a fuer de ser profundamente español.

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