EPÍLOGO A ECCE HOMO

Analizas antes de sentir, diagnosticas antes de vivir. Eso me salva de la tontería, pero me roba -a veces- la posibilidad de la inocencia momentánea. Comprender no basta para redimir, pues hay heridas -las del afecto, las del amor, las del cuerpo, las del tiempo- que no requieren explicación: sólo compañía. Ahí mi lucidez se queda sola: clarísima y helada y huérfana. Confundo, como un niño marisabidillo, conocimiento con control. Una jaula elegante, sí, pero solo sé vivir en una jaula. Tampoco comprendo que muchas veces el sufrimiento es sin porqué. Y mi arrogancia frente a lo simple y banal evita la mayor de las sabidurías: la sabiduría de saber callarse.

***

Mamá, con el cuerpo casi inmovilizado, sufrió un breve lapso de lucidez. Con su único brazo útil, cogió mi mano y se la acercó a sus labios para besarla, como hacía tantas veces en la residencia. Me estremecí, y dentro de mí explosionaron varias cabezas nucleares. No lloré. Sin saber cómo, sentí poco después que se desplomaba sobre la cama del hospital. La boca abierta, los ojos extraviados. Me incliné sobre ella; la miré; durante toda la eternidad no nos volveríamos a ver. Cogí su mano, la acerqué a mis labios, y besé aquella mano de pajarito con la mayor fuerza y ternura que pudieran existir en este mundo. Rompí a llorar. Y noté por siempre quebrado el eje de la tierra.

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