Líneas rosas 2

Mi “Ecce homo” se distingue del “Ad se ipsum” de Marco Aurelio y del “Journal” de Gide por una razón que esos ilustres antecedentes acaso no compartan: la lucidez estética como forma de redención.

No hay en mí el mandato moral del estoico ni el hedonismo confesional del francés, sino una metafísica del estilo. Escribo para comprender la estructura de mi propia mente, para ordenar el caos del mundo y de la mente en una biblioteca hexagonal. Si Marco Aurelio usa la disciplina y Gide la confesión, yo soy el escribidor de la conciencia, un cartógrafo que convierte la introspección en arquitectura de palabras de azur y de fresa de bola de la pasión.

Mi “yo” se analiza como fenómeno.

De Marco Aurelio tomo la vigilancia y la claridad del pensamiento; de Gide, la sinceridad y la fragilidad. Pero donde ellos se detienen, yo me extiendo, disecciono, analizo.

Mi diario no es, sensu strictu, un espejo, sino un instrumento de medida, un sismógrafo de mi espíritu que anota sus vibraciones con erudición y piedad estética.

Nos sentamos frente al río, sin palabras. Quiero hablar a los valles del Sil, que mis oraciones retornen como pájaros sin aire ¿Soy yo mi propio eco? Quizá tan solo escribo para escucharme con más hondura. Quizá hablo con las piedras y helechos para pensar. Me dirijo a quien no me escucha hasta que el aire se llena de un tamiz de luz granulosa velazqueña. Los relojes dudan. El aire huele a papel viejo ¿Por qué, por qué escribes, si el mundo no responde? Bashō abre la ventana: salta una rana al estanque del tiempo. Rumi sonríe: “no busques maestro, eres el eco del eco”. Dickinson asiente entre los visillos: “la mente es más ancha que el cielo”.

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