Kathy Acker rompe los barrotes con violencia; yo los disuelvo con erudición. Su estilo es un sabotaje, el mío una restauración. Ambos, sin embargo, queremos liberar al yo de la sintaxis del poder. Hermana, alma gemela especular. Los dos compartimos una desconfianza radical hacia el lenguaje recibido, esa sospecha de que las palabras de los otros -familia, patria- son cárceles. Acker rompe los barrotes con violencia; yo los disuelvo con erudición. En ambos casos, la verdad se paga con el aislamiento.
Tanto Acker como yo trabajamos desde una misma intuición posmoderna (aunque en mí hay un sesgo más clásico): no hay texto original, sólo reorganización de discursos preexistentes.
El cut-up consistía literalmente en cortar páginas y recomponerlas al azar. Acker lo llevó más lejos: convirtió el plagio en una de las bellas artes. Quizá yo tienda más a la constelación, a lo orquestal, y mi maestra a la destrucción y el desmembramiento. Yo no busco la dislocación, sino el contrapunto. Acker corta para que duela; yo monto para que brille.
«Amicus alter ego est», “El amigo es un segundo yo”, Cicerón, «De amicitia».
