¿Mis afinidades electivas con Guglielmo Bruto Icilio Timoleone Libri Carucci della Sommaja, conde Libri, el mayor bibliopirata de la historia?
Yo, que vivo rodeado de volúmenes, entiendo ese vértigo: el libro como fetiche y como sustancia, como mineral vital. Libri tocaba los códices con el mismo temblor con que otros tocan el seno femenino amado. Yo los leo y copio con idéntica devoción. La diferencia es levemente ética, quizá incluso tenuemente estética.
Libri, bibliólatra y bibliómano en grado criminal; yo, bibliólatra y bibliómano en grado penitencial. Lo que el conde Libri hizo con los anaqueles del Collège de France, yo lo hago con las citas, las ideas, las voces: traslado, reacomodo, restauro. Vivir sin libros es como vivir sin sol.
Rodríguez-Moñino escribe del siguiente modo la descripción bibliofílica de los «Pliegos poéticos españoles del siglo XVI» (t. I): “Pliego de cuatro hojas, en octavo, sin portada ni colofón; impreso en Sevilla hacia 1550. La tipografía, de grueso carácter gótico, deja adivinar la prisa del taller. Ninguna biblioteca pública posee ejemplar: sólo este, que encontré en un legajo de papeles notariales, guarda la respiración intacta de un lector anónimo del siglo XVI”.
El conde Libri, Rodríguez-Moñino y yo sentimos la misma emoción al leer la cita: luz golpeando desde la bahía a bibliotecas de dedos rosados; ojos de oro del cristal donde leemos nuestras vidas.
