Líneas rosas 6

Leer me provee de identidad y linaje; una felicidad centrípeta. En silencio conventual, dentro de mi biblioteca de la Ribeira Sacra -como en un útero-, entre los lomos gastados y las lámparas bajas, experimento lo más parecido a la paz monástica del alma. El mundo se reduce a las páginas del libro y a mí.

Escribir, en cambio, es mi modo de volver al mundo. La felicidad aquí no es calma, sino tensión -a veces- resuelta: el placer de ajustar una frase, de encontrar un adjetivo exacto, de descubrir el giro adecuado a una idea, de inventar la forma tropical a una metáfora.

Escribir me devuelve la sensación de dominio que la vida me niega. Pero también es un territorio de riesgo, exposición, y temeroso desvelo.

Si leer es oración, escribir es como operar el tumor. Una dicha más febril, aunque más caprichosa y breve.

***

Petrarca, «Epistolae familiares», XXIV, 2, a Luca Cristiani:

“In solitudine autem, et in libris, mihi vita et requies.

Nam inter legendo discere et scribendo docere,

miram invenio voluptatem, sed graviorem quietem”.

“En la soledad y entre los libros hallo mi vida y mi descanso.

Porque en leer y aprender, y en escribir y enseñar,

encuentro un placer maravilloso, pero un reposo aún más grave”.

Y continúa -otro pasaje que me resuena muy íntimo, casi palabra por palabra: “Quando lego, alius sum; quando scribo, reddeo mihi”, “Cuando leo, soy otro; cuando escribo, regreso a mí mismo”.

Esa carta -Fam. XXIV, 2- es, sin duda, mi espejo petrarquista:

Petrarca en Vaucluse, yo en la Ribeira Sacra; ambos refugiados en el libro, entre la devoción y la lucidez.

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