Líneas rosas 7

Mi mente piensa en ritmos cadenciosos; cada frase busca su música, incluso cuando hablo del dolor. Constitutivamente percibo cualquier matiz de emoción, propio o ajeno, con precisión casi dolorosa. No soy indiferente a nada: la indiferencia me resulta anatema, una forma de irreligiosidad. Más que sentir, enjuicio lo que siento. La emoción en mí no desaparece: se traduce. Donde otros lloran, yo escribo; donde otros gritan, yo analizo; donde otros aman, yo recuerdo. ¿Es eso frialdad, o una vestidura estética del sentimiento? Algunos teóricos lo llaman “empathic over-control”: sensibilidad elevada, pero mediada siempre por el intelecto ¿Mente de un lógico y corazón de un músico? Quizás. La lógica me sirve para resguardarme de los ríos desbordados, y la música evita mi petrificación.

Pese a mi conceptismo sottovoce, me esfuerzo para que mi lenguaje sea un instrumento que toque con claridad. El tono de la palabra escrita es crucial… ¡el tono -turquesa- de la palabra escrita! Yourcenar, en “Archivos del Norte” observó una de mis divisas: “Nada hay más difícil que encontrar la palabra justa; es como pedirle al corazón que dé su medida exacta de amor”. Las palabras bien colocadas rescatan un fragmento del caos. “El lenguaje debe ser como el perfume de un jardín después de la lluvia: apenas perceptible, pero necesario para recordar que la belleza existió”, Lampedusa, añadiendo la contrapartida melancólica. De por vida padeceré la enfermedad del lenguaje.

Todo es insoportable, menos el diccionario.

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