En mis diarios se percibe claramente que escribo para existir entre los otros sin depender de ellos: la escritura reemplaza la sociabilidad; el texto se covierte en aquella conversación sostenida que no se interrumpe nunca. Si la vida me excluía, la mente me legitimaba. El exceso de conocimiento funciona como sustituto del calor afectivo: la mente suple al vínculo. De ahí esa mezcla tan mía de ternura reprimida y rigor analítico.
Pese a que sé que: «la madurez lo es todo”, Shakespeare, sin embargo, mi literatura está construida sobre el arquetipo del niño humillado. Acaso mi estilo, que se quiere impecable, sea como una manera de agradar (al padre, a la madre, a toda la humanidad) La inmadurez que me reprocho no es carencia, sino la materia prima de mi arte. Conviven la inocencia y la cultura. Escribo para existir sin pedir permiso. Mi escritura como un sistema inmunitario. Pero en ese proceso -paradójicamente- alcancé algo más: un sentido o propósito total a mi vida. Pessoa escribió: “El pensamiento me consuela de todo, incluso de pensar”.
