
26 de octubre, a media mañana
El jardín del pazo se avivaba en el melancólico resplandor de la mañana. Las estatuas de los dioses antiguos tienen el color verdinoso del liquen; las fuentes -rotas- parecen cansadas de llorar. Sobre los boj recortados se despejaba la primera neblina, y un perfume agrio de hojas muertas envolvía el aire.
En la vega y en la colina el sol va despaciosamente reinando. Frío. Orense, tierra fuerte de campesinos graves. El sonido de las campanas mezclado con el de los tractores y con el «chocallo» de las vacas. Montes verdes y húmedos, cubiertos de robles y castaños, cierran el horizonte.
Todo tiene un aire de «saudade fonda», como si el mundo estuviese rezando
