CONTRATAPA A «ECCE HOMO»

El autor se retira, a sus palacios de invierno, para ensimismarse en la cobriza y rojiza luz de su aldea. Coronó su obra, sin esperanza, con convencimiento (ésta es una coda de reflexión y autoanálisis de la misma)

Las aves cavilaron sobre sus migraciones, los árboles se visten con los tonos frenéticos o pálidos de la decadencia, y miríadas de hojas esparcidas por el suelo, para que ni siquiera los propios pasos perturben el reposo de la tierra y de los muertos, mientras nos regalan un aroma de eucalipto mojado (¿perfecto, falso analgésico para el apocalipsis?)

El jardín del pazo del autor se aviva en el melancólico resplandor de la mañana. Las estatuas de los dioses antiguos tienen el color verdinoso del liquen; las fuentes -rotas- parecen cansadas de llorar. Sobre los boj recortados se despeja la primera neblina, y un perfume agrio de hojas muertas envuelve el aire.

Sean felices, queridos. Pronto se echará la noche, con la plata ya en sus alforjas, y, junto a los “toxos”, bajo las nieves de diciembre, no habrá más que huesos descarnados y capillas sin sol (¿acaso no los hay ya?)

“He dado a mi época más de lo que ella podía darme”, Nietzsche. Y, Flaubert, en carta a Louise Colet, 1853: “He amado demasiado la perfección para sobrevivir a ella”

Sean felices en su modorra. Merezco los no lectores que tuve.

Gracias y hasta siempre.

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