
Unos versas de un poema (bellísimo) de José María Álvarez rezan:
«Cuando tus ojos ya no juzguen
sino contemplen,
cuando ya sólo agradezcas.
Esa es la edad de Roma,
la edad de pasear
por Roma».
Roma no es aquí solo la ciudad física, sino símbolo del espíritu clásico, del orden sereno después del combate interior, del reposo tras el juicio erudito. Se abandona el ego, sustituido por la pasión de la visión estética. La existencia es un don equilibrada por una aceptación inteligente.
«Pasear por Roma”; metáfora de la «otium sapientis»: caminar entre ruinas gloriosas sin necesidad de reconstruirlas, sólo para admirarlas.
Aspiro a esa serena sabiduría. Llega un momento en que el creador -si no ha sido del todo devorado por su propio fuego- comprende que su energía puede transformarse en claridad. Cuando ver es ya un acto de amor. “Ya sólo en amar es mi ejercicio”, Juan de la Cruz. “Si la única oración que pronuncias en toda tu vida es ‘gracias’, bastará”, Eckhart.
Cada piedra dice: “fui imperio y ahora soy silencio”, y ese silencio no humilla, sino que consuela. Roma: el «amor fati» nietzscheano hecho arquitectura. No hay ningún poder que pueda destruir la gracia. No juzgar, no comparar, no calcular. Solo contemplar.
