
Los cañones del Sil, magnificencia que nuestras rutinas, a menudo embrutecedoras, no apagan, corazón que busca ataraxia -el reloj respira despacio-, contornos precisos curados por algodones para niños de cajitas de farmacia, dormida y alborotada religiosidad de meiga murmurando entre «carballos», «santa compaña» y espinosas «xestas».
El sonido del río se va haciendo cada vez menos mortecino hasta volverse sibila, rosa y añil, de luz con tu rostro. Levanto la cabeza y lo saludo desde el sillón. Noche y lluvia. Ritmos traqueteantes: un fraile musita su cansada oración mientras el viento atraviesa el refectorio. Noche color azabache húmedo, bajo una luna de aspecto de drama tópico lorquiano. Bach sonando en la radio. El bosque exhalando un fantasma de tempus fugit, de rosa rosae aldeano. Acaso, acaso empiece a entender.
