
LA BIBLIOTECA
(Borges)
Que otros se jacten de las páginas que han escrito;
a mí me enorgullecen las que he leído.
No habré sido un filólogo, ni un gramático,
pero supe del rojo de “den” que se endurece en “ten”,
del agua de lluvia en el hueco de la “a”,
de las vocales francesas iguales a frescor vestal,
del perfume a champán en la susurrada “k”.
A lo largo de mis años profesé
la pasión del lenguaje al amor de las horas.
Mis noches -marfil Xian y corona de emperador-
están llenas de Catulo, Platón y el cercano Ovidio;
porque sarmentosa fue la página de Stevenson,
cómplice la aventura con mi maestro Álvarez,
historiada de volatines luminosos la frase de Proust,
y feliz mi frente hundida en ese mar de los Sargazos
llamado Conrad y Kipling, o el morado Nabokov.
Cerca de la última revuelta del camino,
puedo decir, libre y locuaz: no dejé nunca de ser
aquel niño que bien pronto entró en una biblioteca,
y, sin heridas, más libre aún, nunca deseó salir de ella.
