Ad hominem 5

Hoy es el día de las librerías, esas casas del lenguaje. Una librería conspira frente a la bastardización de las palabras, ese uso degradado del habla al que sucede la degradación de las conciencias. Si las palabras pierden su raigambre, su filo, su esencia, entonces se abonan a la mentira política, y crecen las sombras, y al hombre le falta lucidez. Dr. Johnson: “El lenguaje es el vestido del pensamiento. Y como todo vestido, puede revelar la nobleza o la indecencia del que lo lleva”. Procuremos ennoblecer, sumarnos a las formas lingüísticas que transportan las mejores ideas y los más delicados sentimientos.

En una época en que el lenguaje se reduce al balido sentimental o al rebuzno utilitario, conviene recordar que la palabra no nació para servir, sino para revelar. Nombrar es pensar, y pensar es dar forma (también estética) al mundo. Cuando el idioma se pudre, se pudre también la conciencia.

***

Isócrates defendía que el logos nos sacó de la vida salvaje y fundó la ciudad; Cicerón unió «sapientia» y «eloquentia»; Quintiliano desconfió del estilo vacío y quiso al orador como «vir bonus dicendi peritus»; Plutarco, en «De garrulitate», previno contra la logorrea que enturbia el juicio: el discurso es espejo del alma.

***

Asistimos a unos abusos constantes de las palabras, usadas con negligencia, sin precisión ni belleza. La polis se derrumba en charlatanería. Vivimos una edad de barbarie verbal, donde el lenguaje ha dejado de ser el instrumento de la verdad para convertirse en el instrumento de la reacción pavloviana.

El habla pública está saturada de consignas, sentimentalismo y propaganda. El lenguaje político y mediático no razona, excita. Todos hablan, y casi ninguno piensa o escucha. Abogo por recuperar la lentitud, la precisión, la frase con estructura, el matiz. Nombrar de nuevo el mundo con palabras que no sean meros reflejos de estímulos.

Decir bien es pensar bien. Y pensar bien es el último acto de resistencia.

Deja un comentario