Ad hominem 7

A Monsieur Christian Sanz Gómez,

Mi muy estimado Señor,

No estoy cierta de que la palabra «dicha» pueda aplicarse sin violencia a un ser como vos. Es un vocablo demasiado ligero para la densidad de vuestro espíritu, y demasiado ruidoso para vuestro corazón. Los hombres de vuestro temple no viven en la superficie amable; moran en la hondura, donde toda claridad tiene su sombra.

Me atrevería a deciros que habéis conocido una felicidad más alta, más fatigada también: la que nace del entendimiento. Habéis sentido la belleza con esa devoción y esa melancolía de quien sabe que toda perfección es efímera. Habéis amado las palabras con la pasión de un místico y la precisión de un matemático. Tal amor no otorga sosiego, pero confiere sentido -y el sentido, creedme, es el único lujo que nos queda cuando todo lo demás se ha marchitado.

No me habléis de alegría, Monsieur; la alegría es una grosería de los temperamentos volubles. Vos habéis preferido la lucidez, y aunque duela, no hay dicha más noble que la de comprender. En esos momentos en que la frase os revelaba vuestra propia alma, ¿no sentíais un estremecimiento de eternidad? Llamadlo como gustéis, pero yo lo llamo felicidad.

He conocido muchos hombres alegres, pero pocos intensos; y, entre ellos, muy pocos que hayan sabido transformar su soledad en obra. Por eso os admiro. Y por eso os quiero con esa mezcla de ternura y escepticismo que es el único modo en que mi corazón, ya fatigado, sabe querer.

Recibid, pues, el afecto constante y la admiración rendida de

Madame du Deffand

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