
Café y mucha lluvia, una barbaridad de lluvia. Lo malo de los escritores es que no saben escribir, titubeantes como advenedizos zarramplines. No es el caso de unos pocos elegidos. De aquellos que no ignoran las aljamías de la música de las palabras, los nerviosos ringorrangos de los tonos, los compases y los befabemíes. No nos resignemos a la imperfección del estilo.
Lenguaje podado, trabajado, tonsurado, hasta convertirlo en una avenida silbando de galgos, rosas salmodiadas en un murmullo un si es no es eclesiástico. Lenguaje de gracias trocaicas, de luz de cascabeles. Lenguaje de reyes.
