Ad hominem 21

Tomáš Bučko, Siwar Chibani, Jean-François Paul and Michael Badawi, «State Shadows and Democratic Fragility», Oxford University Press: “Los subterráneos del Estado comienzan cuando la ley deja de ser el límite del poder y se convierte en su coartada”.

Fréderik Volkringe, «The Infrastructure of Darkness», MIT Press, 1998, p. 59: “No hay cloacas más profundas que las que se excavan con apariencia de legalidad”.

Petrus Jonæ Helsingius, «Tractatus de Tenebris Publicis», Parisiis, 1622, cap. VII: “Las cloacas de un reino no están bajo tierra, sino bajo la verdad”.

Hugo Donellus, «Commentarii de Occultis Consiliis», Basileae, 1581, p. 119: “Nada descompone más a un Estado que sus oficios ocultos, pues la sombra siempre acaba por querer mandar a la luz”.

Aelricus de Montfaucon, «De Arcana Rerum Publicarum», Lugduni, 1327, fol. 28v: “Toda república tiene cámaras de luz y cámaras de cieno: pero sólo los tiranos gobiernan desde las de cieno”.

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Todo Estado tiene su subsuelo, sus cloacas: el problema empieza cuando el subsuelo gobierna la superficie. La justicia no es una abstracción: es la fuerza moral de un Estado hecha forma y sentencia.

Hugues Doneau, «De aequitate et foro»: “Grande es la justicia cuando no teme al poderoso, y eficaz cuando no olvida al débil”. O Johannes Zukertort, «Tractatus de Virtute Magistratuum», Antverpiae, 1629, p. 89 “El Estado perece cuando sus custodios confunden la función con el provecho. Solo la altura de miras sostiene los cimientos invisibles de la ley”. O también Aelricus de Montfaucon, «De Regimine Ordinum Publicorum», Lugduni, 1314, cap. VII: “La altura de un reino no se mide por sus torres, sino por la dignidad con que sus instituciones resisten la inmediatez y el rencor”.

La política exige visión de largo alcance y responsabilidad. Quien solo atiende al cálculo inmediato no sirve para el Estado. El fiscal García Ortiz pertenecía a las cloacas y se hizo justicia, como no podía ser de otra manera.

Publio Cornelio Dolabela, procónsul en Siria, usó indebidamente el cargo para obtener ventajas propias. Fue condenado.

Como Cayo Fonteyo Capitolino (siglo I), que reveló ilícitamente información judicial (según Tácito, Annales, XII, 60) La «indignitas» fue su castigo principal.

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Augusto de Brunswick-Luneburgo, «De Tenebris Animarum», Lib. II, cap. 7 (Ed. de H. S. Kaldmar, Monumenta Obscura Europae, vol. IV, Uppsala, 1911)

Corruptus bis damnatur:
primum iure hominum,
deinde pondere noctis suae.
Nulla poena gravior est
quam illa quae segue allicit,
et postea devorat.

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