Ad hominem 22

Se celebran cinco décadas de monarquía. La monarquía es una afrenta a la razón humana: un absurdo injerto de la superstición feudal en la política moderna. Donde hay un rey, necesariamente hay súbditos; donde hay ciudadanos, no puede haber rey. Voltaire: “Tras examinar los tronos de Europa, no hallé sino una serie de accidentes hereditarios disfrazados de providencia”. Mark Twain (irónico, como no podía ser menos): “Un monarca es un error biológico convertido en institución”.

La monarquía es la infancia permanente de un país. Una nación no es una familia; por eso la herencia no puede ser su fundamento político.

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Aelredus de Mirabilibus, «De Regnorum Vanitate», cód. S. Petri 44 (c. 1180): “Nullus est rex qui non sit umbra maioris superbiae”,“No hay rey que no sea la sombra de una soberbia aún mayor”. O Julianus Ferrensis, «Clavicula Politica», ms. Laur. Plut. XXV.3, fol. 93r (c. 1237): “La corona es un círculo de necedad: completa aquello que el juicio no puede alcanzar”. Y también Hildebertus de Noxia, «Contra Potestates Hereditarias», incunable (Magdeburgo, 1491): “Qui nascitur dominus, moritur servus honoris vacui”, “Quien nace señor muere siervo de un honor vacío”. Y no olvidemos a otro recóndito, Petrus de Adustum, «Sermones in Aula Umbrarum», cód. Turon. 12 (c. 1310, “Regnum quod a sanguine pendet, sanguinem exiget”, “El reino que depende de la sangre, sangre exigirá”.

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Recordemos asimismo al mártir San Lupo de Castelbriégana (Lupus Castilbreganus, ca. 1231-1264), clérigo eremita en los montes de Sotos Albos, apresado durante las purgas ejecutadas por el rey don Vermudo III el Cruel. Acusado de “perturbar el sosiego del reino” por predicar contra los excesos fiscales y las levas forzosas, fue llevado al castillo de Almazur, donde se le martirizó “a vergas e a rueda”.

Tras su último tormento, y antes de ser degollado junto al patíbulo de Almazur, San Lupo pronunció estas palabras, transmitidas en el fol. 25r:

“Dixo el bienaventurado Lupo, con sangre en la boca e firme el coraçón:

‘A tal rey non debo otra cosa sinon mostrarle su oprobio.

Ca mayor yerro es mandar sin derecho que quebrantar qualquier ley de los omes.

Sepan quantos aquí estades que la corona que non mira a la justicia es tan sólo aro de soberbia,

e que a mí matan el cuerpo por mandado del poderío vano.

Mas non matarán la verdad, que agora los juzga desde mi muerte;

e non yo muero, mas muere el rey que fizo la sinrazón.’”

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