Ad hominem 23

Solo importa el dinero, ¿para qué pensar? La gente carece del mínimo gusto por los buenos libros y solo lee libros de entretenimiento. Se impone el mercantilismo, el hedonismo, la muerte del espíritu. Se impone la cultura (que no es cultura) vulgar y sin interés.

Isócrates se lamenta de que los jóvenes prefieran los concursos y los chismes a la formación filosófica. Y Platón acusa a la democracia tardía de convertir la educación en entretenimiento, y al ciudadano en mero consumidor de sensaciones.

Juvenal, el más feroz de todos, describe a una población que ya no desea nada elevado: «Duas tantum res anxius optat: panem et circenses», “Solo dos cosas desea ansiosamente: pan y circo”.

La industria devora la belleza. La cultura es lo mejor que se ha pensado y dicho en el mundo; pero las masas no la desean.

Aelricus de Montfaucon, «De Fumo Seculi», ca. 1183: “Cuando los pueblos olvidan la sed de sabiduría, el mundo envejece. No mueren los libros: mueren los hombres que ya no saben abrirlos”. Hieronymus Valeri, «Disputationes contra Vanitatem», Lyon, 1542: “La cultura cae no cuando faltan maestros, sino cuando sobran mercaderes. Allí donde el oro gobierna, el espíritu se vuelve siervo”.

Salvatore Anselmi, «Lettere Romane», 1687: “Decadencia es esta: que los hombres ya no buscan la verdad, sino solo la distracción que los libre de pensar”. Doménikos Kalokyrios, «Peri Psychēs Rhypáras», Atenas, 1721: “Nada destruye tanto a una ciudad como la cultura fácil. El pueblo que solo quiere divertirse ya ha renunciado a ser libre”. Fray Rufino de Madrigal, «Sermones del Tiempo Postrero», Burgos, 1610: “Veo más peligro en un pueblo que ríe por nada que en un ejército que avanza. El gozo sin juicio es la ruina del alma”. Arcadius de Lunaria, «Tractatus de Tenebris Doctis», 1349: “Cuando el gusto se hace multitud, la excelencia muere sin ruido”. Philippus Erasmianus, «Epistolae de Rebus Literarum», Basilea, 1559: “Hasta los ignorantes presumen de lecturas, pero ¿quién presume hoy de comprender?”. Clara von Hohenberg, «Tagebuch einer sterbenden Bildung», Viena, 1904: “La cultura no perece por los bárbaros externos, sino por los bárbaros domésticos: los que confunden placer con conocimiento y ruido con arte”. Isaac Ben-Navon, «Sobre la Luz Menguante», Toledo, 1257: “Cuando la memoria se debilita, el pueblo se vuelve mendigo de novedades. Y nada hay más vulgar que una mente que vive al día”.

El siglo ama los juguetes. Lo que antes fue cultura hoy es solo decoración para gentes sin vertebrar. La decadencia comienza cuando los libros empiezan a escribirse para ser vendidos, y no para ser leídos con reverencia, nos recordó Maxime Duret en «La République des Âmes Basses». El vulgo aplaude lo único que entiende, lo bajo y pobre. Como escribió fray Esteban de Bardulia: “De nada sirve un templo lleno si todos han venido a entretenerse”.

Nos sepulta la banalidad y la ignominia. Ojalá no hubiera sido escritor. Ojalá no hubiera nacido.

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