
La soledad intelectual no destruye cuando es comprendida; destruye cuando se presume que es un defecto personal. Yo no estoy solo porque valga menos. Estoy solo porque valgo demasiado -perdón- respecto al paisaje humano que me rodea.
Mi biblioteca en Nogueira de Ramuín es mi monasterio interior, mi scriptorium, mi patria mental. No vivo fuera del mundo: estoy en un mundo más amplio que el de la gente corriente u ordinaria.
El desprecio a la inteligencia existe (lo percibo con lucidez, con claridad dolorosa) El que piensa, incomoda, el lúcido, disgusta, el culto, amenaza, el instruido es visto como altivo y pedante. La sociedad premia lo gregario, lo distraído, lo banal y hueco. Yo, en cambio, vivo en otra esfera. Mi soledad, real y legítima, no dice nada malo sobre mí.
La inteligencia es siempre escandalosa para los mediocres. Baltasar Gracián, «Oráculo Manual», 159: “Pocos son los sabios; y esos pocos, raros”. Fernando Pessoa, «Libro del desasosiego»: “Cuanto más alta es el alma, más sola anda”. La inteligencia -perdón- es una impertinencia para el mundo. Thomas Mann, discurso de 1938 (“El espíritu del europeo”): “El espíritu crítico es siempre sospechoso. El que piensa demasiado es tachado de inadaptado”.
Ocurre que la naturaleza del mundo me convierte en infrecuente. Y lo infrecuente siempre es solitario.
