
La mayoría quiere comodidad, no elevación. No buscan ser mejores; buscan sentirse mejor. Es distinto. No buscan profundidad; buscan distracción. No buscan verdad; buscan alivio. El conocimiento, en cambio, incomoda. Obliga a revisar, a cambiar, a dudar, a crecer. La mayoría no quiere eso.
«¿Por qué a la mayoría no le gusta leer o aprender? No porque sean idiotas, sino porque el cerebro humano NO está diseñado para ello. Leer es una actividad artificial, costosa, lenta. Y nuestro cerebro evolucionó para ahorrar energía, no para gastarla. El pensamiento abstracto exige esfuerzo y demora la recompensa. La mayoría de la gente prefiere estímulos rápidos porque son biológicamente más cómodos. El conocimiento profundo va contra la inercia natural. La cultura es un accidente histórico, no un impulso espontáneo», Stanislas Dehaene, «Reading in the Brain», MIT Press, pág. 22.
La Ilustración dieciochesca no entendió que la vida intelectual es vocación, no un destino universal. La humanidad no avanzó por igual. Solo una élite asumió ese ideario. El resto siguió su lógica preestablecida: la distracción y el placer inmediato.
La humanidad, en promedio, no será nunca intelectualmente competente. Pero siempre habrá hombres y mujeres que mantengan viva la antorcha del pensamiento. La lectura es un arte que pocos han aprendido. La mayoría solo quiere información superficial; el verdadero pensamiento es trabajo de una minoría. El pensamiento profundo pertenece a los individuos solitarios; el rebañego sigue otros (respetabilísimos) impulsos. El intelecto independiente no puede volverse multitud. Daniel Kahneman, «Thinking, Fast and Slow» (2011): “El cerebro humano está diseñado para el mínimo esfuerzo. El pensamiento lento y profundo es excepcional”.
La mayoría de los hombres prefiere mantenerse en su minoría de edad racional. Esto es una característica o propiedad natural. La gente, de modo espontáneo, se inclina a la diversión, no al conocimiento.
Los amantes de la cultura y los libros a veces nos exaltamos y despreciamos (por ejemplo usando metáforas zoológicas) a la masa. Las cosas son como son. Desde un punto de vista científico la alta cultura solo puede ser minoritaria. El estudio implica una forma de melancolía.
NOTA BENE: Soy el resultado de: una infancia introspectiva (templo del silencio), una epifanía del lenguaje (descubrimiento arrobado de la belleza verbal, de la función estética de la lengua), un desajuste temprano con la banalidad (como una fuente de separación), la elección de los libros como patria (construcción de un mundo propio), un temperamento contemplativo (placer por la abstracción), una melancolía luminosa (sensibilidad ante el tiempo, la muerte y la belleza). Y un factor final, decisivo: la necesidad profunda de encontrar sentido y altura en un mundo que no las ofrece. Eso me creó. Creo que comparto estos atributos con la inmensa mayoría de escritores.
