Ad hominem 28

La mañana surge con una delicadeza casi indecisa, como si la luz se hubiera pasado toda la noche dudando entre aparecer o no. Las cosas, aún tibias de sueño, devuelven un perfume violáceo: la madera del comedor, el alegre primer sorbo de café, o las columnas de polvo dorado que ascienden desde lo más hondo de las horas vivas. En el aire, una punzada de melancolía anuncia que el día, igual que cualquier otro día, será un regreso a lo que fuimos siempre.

Pero esa forma modesta de eternidad se desliza segura entre las persianas. La hora en que todo parece posible, el reino de las imaginaciones, las esencias platónicas porque el mundo aún no ha inaugurado sus fracasos. La luz, incipiente, casi un axioma sin demostrar, una claridad que se ofrece fácil y devota. Todo empieza a ser real, todo empieza temblando un poco. La noche, hervida en un caldero secreto, acaba por evaporarse del todo.

El cielo, limpio como un hueso pulido, y la luz insinuando su caída en tajos finos sobre la tierra. Esta mañana, dorada y algo decadente, como salida de un viejo grabado veneciano. En el aire un aroma sensual de polvo de libros, de aires de bosque, de respiración de mi perrilla, como si en los primeros compases del día aún sobreviviesen los restos de antiguas civilizaciones. La claridad llega con la suavidad con que llega un recuerdo de juventud que no acaba de extinguirse.

Soy feliz.

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