Ad hominem 31

La noche desciende como una enorme losa de frío estancado, de humedad cómplice, de un silencio saturado que parece fermentar entre los árboles. No hay bordes ni horizontes: sólo aquella negrura viscosa que se desliza entre los helechos y se enrosca en los troncos como un animal furtivo.

Una noche que empieza primero dentro de mí antes de que llegue al mundo. Al principio un temblor, un desajuste invisible de las palabras, como si cada una quisiera salirse de su sitio. Luego, lentamente, el cuerpo va perdiendo su peso y su alma, si es que existe, se hace transparente y vulnerable, como un cristal empezando a derretirse. Fuera, la noche se extendía sin forma, sin propósito, sin centro; pero dentro, en el interior de mi intimidad expuesta, la noche es todavía más vasta: un espejo quebrado donde las emociones se reflejan sin orden, sin la geometría diurna que las mantiene en jaulas delicadamente construidas.

Con gesto sumiso y solemne se despliega una túnica de terciopelo morado. Un inmenso animal de terciopelo avanzando por los pasillos, por los zaguanes, por el vestíbulo, por el comedor, una oscuridad de densidad insólita en el bosque y el río. La noche, en suma, es el único momento en que el tiempo deja de ser tiempo y se convierte en sustancia habitable.

Tal vez sea extraña, misteriosamente feliz.

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