Ad hominem 32

Me fascina una Garamond bien aireada, una Baskerville honesta y limpia, una Bodoni con su elegante arrogancia geométrica. Me conmueve una página con buen interlineado, márgenes generosos, numeración sobria y una capitular bien dibujada. He llegado a interrumpir lecturas porque el kerning era indecente. Y no hablemos del papel: offset grisáceo y poroso, no; dame vergé, dame hilo, dame un ahuesado noble que cruje apenas al pasar la página, como si tosiera con discreción inglesa.

Soy, en el fondo, un pobre hombre sin remedio: un bibliófilo de provincias, arruinado de deseos, al que esquivan las mujeres. Carezco de pecunio, de capital, de patrimonio -antes fui rico, ahora pobre, ay triste destino-, pero padezco una enfermedad obsesiva y cara: me gustan los libros… y además me gusto a mí mismo leyéndolos.

Una de mis manías es coleccionar repertorios bibliográficos, esas damiselas tímidas y modosas de la bibliofilia. En mi biblioteca, estoy viéndolos, se encuentran, entre otros:

Alonzo Church, «A Bibliography of Symbolic Logic» (Association for Symbolic Logic, 1936), esa joya maravillosa que intenta abarcar la producción de lógica simbólica desde 1666 hasta 1935.

Los volúmenes de la serie «Ω-Bibliography of Mathematical Logic» (Perspectives in Mathematical Logic, Springer, años 80), donde gentes razonables decidieron que no bastaba la lógica: hacía falta un multivolumen para catalogar la lógica.

La Bibliografía de la literatura española del siglo XIX que va actualizando Enrique Miralles en la Biblioteca Virtual Miralles, una cartografía paciente y obsesiva de novelistas, cuentistas y poetas dieciochescos tardíos y decimonónicos.

Y, para coronar el delirio, manuales y catálogos de literatura inglesa rara, como Lowndes, «The Bibliographer’s Manual of English Literature», con sus noticias de libros curiosos, útiles y raros, fundamento de tanta bibliofilia anglosajona; o catálogos de colecciones como la del Carl H. Pforzheimer «Collection of English Literature 1475–1700», que convierten el simple listado de títulos en un mapa del deseo stevensoniano.

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Buceando aquí y allá, encontré algunas almas gemelas, hermanos de corazón. Edmund Stapleton Hartley (1819–1887), relojero e hijo de relojero, que se dio cuenta que le interesaban menos los relojes que las cubiertas en tela de los libros victorianos. Hartley publicó un volumen hoy inencontrable: «Hints towards a Universal Catalogue of Neglected Authors», Londres, 1863, en el que proponía listar exclusivamente a los escritores de segunda fila, “pues los grandes se citan solos”. Coleccionaba no tanto libros como rastros de libros: catálogos de librerías cerradas, listas de bibliotecas subastadas, anuncios de novedades ya olvidadas. Un hermano, un querible amigo íntimo en la distancia.

Y Leandro de Villacampa y Lledó (1834-1907), un pequeño funcionario del Ministerio de Fomento y grandísimo enfermo de librerías de lance. Villacampa apenas leía novelas: lo suyo eran los repertorios. Tenía una devoción casi religiosa por los índices de materias y las abreviaturas bibliográficas. En 1878 publicó por suscripción privada un librito delirante, «Ensayo de clasificación de los bibliómanos del Reino de España», que se cotiza actualmente en el mundillo a precios astronómicos. Su ex-libris decía: “Leandro de Villacampa, conde de Nada, señor de sus libros y de su ruina”. Otro espíritu afín a mi corazón.

Un buen destino para mis propios libros sería que vayasen a parar a una paradójicamente conservada bibliografía de libros perdidos.

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