Ad hominem 34

Para Fernando Sanchez Esteban

Michel de Montaigne: “Essais”, II, 17: «Hay más erudición en un paseo que en cien libros mal digeridos. He visto hombres que sabían muchas palabras, pero que no sabían vivir. Un libro no enseña a montar a caballo, ni a morir con serenidad, ni a gobernar el ánimo en la desgracia. Prefiero un campesino que haya mirado el cielo con sus propios ojos a un docto que lo haya leído solamente en Plinio». Y Friedrich Nietzsche: “Humano, demasiado humano”: «Los libros son el sepulcro de la experiencia; los lectores profesionales, sus enterradores. Aquel que vive demasiado entre libros termina respirando aire muerto. Nada tan peligroso como confundir la lectura con la vida. El que no arriesga el cuerpo, arriesga el alma». Y eso sin olvidar a D. H. Lawrence: «Los libros son un mal sucedáneo del mundo. Mientras el hombre lee demasiadas páginas, la savia de los árboles se eleva sin él, las estaciones pasan sin él, la mujer amada envejece sin él. La vida no está en las palabras: está en la sangre, en la piel, en la respiración».

Y, muy poco conocidos, Don Jerónimo de la Sima y Téllez (1599–1668): «El ratón de biblioteca, ese infeliz, no mira el campo sino en un grabado, no conoce mujer sino por metáforas y no sabe del mundo más que lo que le soplan los libros viejos ¡Ay del que vive entre pergaminos! Se vuelve pálido como ellos, frío como ellos, inútil como ellos. Y si el hombre fue creado para el trato humano, ¿cómo habrá de agradar a Dios quien se encierra en un arca de papel como un triste Noé sin familia?». O la admonición de Fray Basilio de Carbajales (1472–1521): «El Demonio, Padre de la Soberbia, inventó los libros para tentar al hombre con la palabra muerta ¿Qué mayor blasfemia que preferir las letras del papel a las que Dios escribe en el cielo? He visto a hermanos que, tras abrir un volumen, quedaban turbados, inclinados, ida la mirada, como si un espíritu les soplara en los oídos. No es el saber lo que buscan, sino el veneno suave de la presunción ¡Cerrad los libros, hijos, que allí se esconde Lucifer agazapado entre las líneas!»

Ray Bradbury nos avisó: «No temo a quienes queman libros, sino a quienes nunca salen de ellos. El libro ha de ser un trampolín, no un hogar para siempre». Eduard S. Pennington despreciaba el eruditismo seco: «He conocido hombres que sabían cada línea de los clásicos, y ninguno sabía consolar a un amigo, ni mirar un paisaje, ni perder a una mujer sin decir una cita».

Sépalo el que leyere de más.

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