Ad hominem 35

La estancia en la biblioteca es menos una cura que un descenso geológico a las capas más hondas del espíritu. No fluyo, floto, en estado de suspensión lento. Me demoro en los estantes. Cuando abro un libro, las frases parecen mezcladas con el polvo, cubiertas por una pátina imperceptible. Leer es una manera de entrar en los espacios de la memoria, donde cada objeto, por insignificante que fuese, es un receptáculo del pasado.

Leo, no porque quiera, sino porque debo; y el deber es el de la fatalidad. Y leo con esa lentitud dolorosa con que se arrastra una criatura herida, sangrando paso a paso entre los arbustos de un bosque. Mi alma es un desierto nocturno donde las miradas son de tristeza, y todo lo que sueño está hecho de ceniza disuelta. Nada en mí avanza. Soy un viajero que nunca partió y que, sin embargo, siempre regresa. Leeré mientras me quede un átomo de vida.

«Yo hojeo los libros, no los estudio: lo que en mí permanece de ellos es algo que ya no reconozco como ajeno; ya no es más que mío. La semilla no queda tan bien sembrada como para conservar su forma primera. Nada hago sin alegría; y la continuidad y la obligación de mantener un mismo pensamiento me irritan y fatigan. Frecuento los libros, más por sus partes frívolas, salvo cuando un autor me caricia por otro lado. Y cuando me siento cansado, lo dejo. Tomo los libros sólo para darme placer, y si ya apenas los leo es porque he aprendido a hacer de mí mismo mi propio libro», Montaigne, «Essais», III, 3 («De trois commerces»)

El mundo es de una tristeza irremediable, pero los elegidos saben hacer de esa tristeza un modo de estar vivo. Con la belleza de su biblioteca y con la belleza de los cuerpos. Amo la belleza y la inteligencia por encima de todas las cosas, y las busqué en los rostros, en los libros y en los cuerpos que durmieron a mi lado. Nada he detestado tanto como la vulgaridad, esa lepra silenciosa.

Sospecho que, más que feliz, tuve una vida cumplida.

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