
Ayer estuve todo el día en librerías de viejo y de lance en Santiago. En esas tiendas de libros usados tengo la irreprimible, la unívoca impresión de que el tiempo no ha transcurrido del todo; que se acumula en los rincones como una materia lenta y metafísica. Toco un libro y una vibración lejana me alcanza, como si en el papel persistieran los ecos de quienes lo han poseído. Esos lugares son cámaras de resonancia: cada hoja es el polvo dorado y fértil de una vida.
Voy tocando los volúmenes como quien palpa reliquias sumergidas. Y si compro demasiados libros no es por vanidad, sino para preservar la posibilidad infinita de que uno de ellos me diga algo que aún ignoro, pero que deseo saber. Las librerías son mis gimnasios y palacios mentales. Camino entre los libros para sentir cómo mi inteligencia se expande, se irrita, se excita, se tensa y vibra. Los libros no están ahí para calmarnos, sino para iluminarnos con sus descargas nucleares. Una librería es una máquina de visión. Salgo de ella no más culto, sino más vivo, más rigurosamente lúcido, más desprejuiciado y libre, más incandescentemente vivo.
Busco entre las estanterías como quien rebusca en trincheras: a ver qué sobrevivió, a ver qué cadáver respira todavía y debo salvarlo. Me detengo entre ellos con la devoción de un médico que revisa pacientes silenciosos.
Aelricus de Montfaucon en un scriptorium-librería de Borgoña (1317) : «Intra bibliopolium quasi in speluncam temporum: libri ibi non stant, sed vigilent. Tangere volumen est tangere vitam alienam, et folia se aperiunt sicut cicatrices veteres. Quem librum eligas, ipse te eligit. In libraria veritas dormit et simul te acecha», “Entra en la librería como en una caverna de tiempos: los libros allí no reposan, vigilan. Tocar un volumen es tocar una vida ajena, y las hojas se abren como cicatrices antiguas. El libro que eliges es el que te elige. En la librería la verdad duerme y a la vez te acecha”.
Borges, siempre el ciego Borges: «Nadie puede leer todos los libros que encierra una librería antigua; pero es delicioso imaginar que lo intenta. Divago entre los estantes como un hombre que recorre los sueños que no ha tenido, y cada tomo es una puerta a un tiempo que no me pertenece. Tal vez leer sea esto: saberse intruso en la memoria ajena».
