Ad hominem 37

El primer café de la mañana es una manera de organizar el mundo. Antes de beber, no soy más que un conjunto de pensamientos dispersos; después, soy voluntad, reciedumbre. Hay en ese líquido negro una rigidez que me alcanza, una lucidez que se despliega en mí como un ala fría y medida. Con él empieza el día, no porque me despierte, sino porque me ordena.

Después del primer sorbo, ya estoy condenado a escribir. El sabor amargo es el gusto de la propia existencia, una claridad que hiere y consuela. Mientras bebo, siento que la vida me observa, silenciosa, desde el fondo de la taza. Y cada sorbo es una breve comprensión del día que empieza y que, sin pedirlo yo, me pedirá todo. Medio despierto, medio libre, medio esclavo de la escritura, antes de que el deber y el ordenador me llamen

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