Ad hominem 38

«Una obra de arte es buena cuando brota de la necesidad. Debes confesar ante ti mismo si morirías si te prohibieran escribir. Y si la respuesta es afirmativa, entonces tu vida debe adoptar esa dirección. Escribir es como respirar: algo que se hace sin esfuerzo y sin sufrimiento, porque nos es tan natural como la vida misma», Rainer Maria Rilke, «Cartas a un joven poeta». O Cortázar: «Yo escribo porque me divierte, porque me da placer físico. Cuando una frase cae en su sitio siento un bienestar casi corporal, como si hubiera bebido un buen vino. Nunca me identifiqué con la idea del escritor sufriente. Escribir me alegra, me acompaña, me justifica». Y Bradbury: «Escribir es para mí la más grande diversión del mundo. Si fuera tormento, ya lo habría abandonado hace décadas. La escritura es alegría, impulso, necesidad, una explosión de vida. Uno debe amar escribir más que a sí mismo».

Yo escribo para estar bien, no para sufrir ante la página. Claro que hay momentos difíciles en la escritura, momentos es que escribir se aleja de la fiesta -orgía- perpetua (no logras esa cadencia interior que te llama, el adjetivo o el giro es trivial y mecánico, las frases no encajan, no se ordenan con tu idea, la escritura no fluye etcétera)

Siento miedo los días que no escribo, pero escribir me provee de una vida y alegría exuberante. Sé que una línea o un párrafo se abandonan, y que son susceptibles de una corrección eterna. Sé que en una gran cantidad de escritores se agazapa el perfeccionista neurótico, pero, a mi juicio, no debemos afrontar la escritura como un drama permanente, sino como un acto natural y fisiológico, lejos -acaso- de las obsesiones flaubertianas, y de las correcciones interminables proustianas.

No sufro ante el papel en blanco. Disfruto como un enano. Acaso la calidad de mi escritura se resienta por ello. No lo sé.

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