
Los mejores poemas que leí en mi vida no los encontré en una biblioteca, ni en una editio princeps, ni en Gredos, ni en Oxford Classical Texts, sino en retretes o lavabos de discotecas, bares, pubs y lugares públicos.
En la discoteca Atlántida, de Sitges, escrito en la puerta del baño con rotulador negro, leí: «Que le vaya bien al que ama. / Que perezca el que no quiera amar. / Y que perezca el doble». Asombroso. En la estación de Sants, antes de que privatizaran los lavabos, encontré esta maravilla: «Aquí chupé muchos penes. / Aquí me encularon muchos. / Por qué lo hago, quizá te preguntas: / el placer solo guia mi virtud». Y en los aseos de la Biblioteca Nacional, hallé lo más extravagante, ¡un grafito erótico helenístico! Escribió el anónimo erudito, sin traducir: «Καλλίστης εἰμί μανίας.», «Soy la locura más hermosa».
También recuerdo ripios memorables y jocosos: «“No soy poeta ni espero, / pero aquí me inspiro entero”. «Quien aquí planta un pino / después se menea el pepino”, «“Estudio poco, duermo mal; / chúpamela, que cateo igual”.
En fin, todo excelentes muestras de «Lírica Parietal”, poesía escrita en paredes, del latín «paries» (pared)
Nada describe mejor a un pueblo que lo que escribe con prisa en un baño. El genio de los poetas anónimos entre olor a orines.
