Ad hominem 41

Quizá algunos conozcan a Aurelianus von Falkenberg (1903–1987), el Bibliófilo Absoluto, el obseso devorador de papel, el hombre que no vivió: únicamente leyó.

Pero no leía con los ojos, sino con toda la energía de los ojos de la memoria y la pasión. Se diluía en las estanterías como un perfume antiguo. Sus libros no pretendían formar su espíritu: eran su mismo espíritu. Aurelianus amaba su biblioteca como una memoria pasada convertida en promesa de futuro. No leía para aprender, sino para respirar, para ser y existir. Entre los miles de libros que poseía, no hay uno solo que no fuera tocado, interrogado, amado o -a veces- rechazado con una intensidad furiosa. Leía como vivía: dejándose llevar por el gusto, por la curiosidad, por el impulso secreto de la inteligencia. Y por eso su lectura era tan verdadera. Leía no meramente para acumular conocimientos, sino para mantenerse despierto, real. Por sus venas no corría sangre, sino la savia de las letras de las palabras.

Se le podría aplicar lo que escribió Steiner en «Errata»: «He amado los libros con una intensidad que a veces me ha asustado. Hay libros que no he podido terminar porque temía el vacío que vendría después de la última página. Hay libros que he tocado como se toca un cuerpo querido, con una mezcla de reverencia y temor. El lector que se deja atravesar por un texto sabe que cada libro puede cambiar su vida, arrancarla de cuajo, trastocar su respiración. Ser lector es aceptar este riesgo. No hay lectura inocente».

Su biblioteca, una de las más delirantes que conoció el siglo XX, contenía 37.000 volúmenes, 128 incunables, 4 ejemplares únicos, 1 edición príncipe del «Hypnerotomachia Poliphili» que nunca se atrevió a abrir por respeto, 600 manuales de encuadernación del siglo XVIII, y 1.200 libros cuya compra no recordaba. Aurelianus poseía un temperamento obsesivo, ceremonioso, ritualista. No abría un libro sin guantes. No aceptaba visitas si no llevaban calzado blando para no alterar la acústica de los lomos al crujir. No soportaba que alguien hojease demasiado rápido. Aurelianus ni cató ni picó hembra, murió, respecto al sexo, completamente intonso. Nunca jugó al fútbol. Nunca trepó a un árbol. A los siete años, corrigió a su padre la fecha de edición de una Biblia de 1683. Nunca viajó.

Todavía existe disputa sobre si fue un monstruo o un angélico Dios.

Deja un comentario