Ad hominem 42

Pensar… ¿qué es pensar? Un vaivén interminable, un oleaje que nunca llega a la orilla. Pensar es un acto tan extraño que a veces temo -permítanme la exageración- estar abusando de él. Se instala en mí como una enfermedad, pero una enfermedad deseada. Todo se retira para dejar paso a una sola corriente que se impone. Uno intenta agarrar una idea y ésta se disuelve como espuma. Luego otra se acerca, se eleva, murmura algo casi audible y vuelve a perderse. No hay descanso posible en ese mar delicado y cruel que es la mente.

Cuando pienso, cierro las puertas, bajo las cortinas, apago la luz: me encierro en mí mismo. El pensamiento exige un cuarto hermético, sin ventanas al mundo, donde el tiempo se adormezca y solo las ideas respiren, como animales viejos.

Montaigne, «Essais», II, 10: «Mis pensamientos se me escapan si intento atraparlos; van más rápido que yo. Los dejo correr, como quien deja suelto a un caballo. Yo los sigo con el paso que puedo; a veces me adelantan, a veces se pierden, pero siempre me conducen por caminos que no había previsto». Flaubert, en carta a Louise Colet, 7 de abril de 1853: «La cabeza me arde como si dentro hubiera una fragua; y no obstante, no siento movimiento alguno. El pensamiento no hace ruido: trabaja en la sombra, obscurece la sangre, se apodera de cada rincón y de cada vaso como una fiebre muda. Cuando pienso, no vivo: me abandono, me hundo, me disuelvo. Y sin embargo, esa disolución es la vida misma».

Veámoslo en un tipo de pensador especialmente intenso: el matemático. Henri Poincaré, «Science et méthode»: «Es en los momentos en que mi espíritu parece totalmente inactivo, en los que dejo de luchar contra un obstáculo, cuando las ideas surgen, se ordenan, se encadenan. El trabajo consciente prepara el terreno; el inconsciente hace el resto. Luego el pensamiento reaparece, iluminado, como un paisaje visto tras disiparse la niebla. Pensar en matemáticas no es forzar la máquina, sino esperar con paciencia a que una armonía oculta se revele». David Hilbert, conferencias de Königsberg, 1907: «Cuando realmente trabajo, desaparece el mundo: no oigo nada, no veo nada, no deseo nada. Una fórmula se apodera de mí y exige toda mi alma. Puedo pasar horas en un solo símbolo. Pero ese símbolo es un universo, y si uno entra sin temor, acaba por revelar sus secretos». G. H. Hardy, «A Mathematician’s Apology»: «Cuando un matemático piensa de verdad, no calcula. Contempla. Está frente a un objeto que solo existe en la mente y que, al mismo tiempo, le supera. Pensar es entonces afinar el alma para que pueda percibir la estructura de algo que no pertenece al mundo físico».

Kurt Gödel, recogido por Hao Wang en «Reflections on Gödel»: «Las matemáticas, cuando se las piensa con suficiente profundidad, conducen a una región donde la mente ya no distingue entre lógica y filosofía, entre símbolo y ser. Pensar con intensidad equivale a arriesgarse al abismo: uno siente que la razón misma empieza a tambalearse bajo la presión de lo infinito». Paul Erdős, conversaciones recogidas por Ronald L. Graham: «Cuando estoy pensando, el tiempo desaparece. Como mucho, oigo un leve zumbido: es el ruido del universo calculando. Las ideas vienen como un enjambre; hay que atrapar a las buenas antes de que huyan. Pensar es entrar en el Libro del que siempre hablo: ese donde Dios ha escrito las pruebas perfectas».

Alexandre Grothendieck, «Récoltes et semailles»: «Para pensar en matemáticas debo dejar crecer una jungla entera bajo mis pies: árboles, malezas, ríos, criaturas extrañas. Solo cuando ese mundo exuberante está completo, puedo caminar por él y descubrir el camino que buscaba. Un matemático no fuerza una idea; la cultiva y la deja madurar». John von Neumann, en notas de sus conferencias en Princeton: «Una vez que uno piensa con suficiente intensidad, la mente deja de sentirse humana. Se convierte en un instrumento extremadamente afinado que opera en un ámbito más amplio que la experiencia. Lo que llamamos “pensar” es, en rigor, observar cómo una estructura se despliega dentro de nosotros sin haber sido invitada».

Pensar, colores tapados con un manto, conversación en una esquina de Alejandría. Ojos de lince, la mejor música coincidente por igual con vigilia y sueño; la agudeza y lo vegetativo, el oleaje y el mirador. Golpear con un martillo de oro.

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