Ad hominem 46

Estoy solo, tan solo que a veces tengo miedo de oír mis propios pasos dentro de mí. La soledad es mi compañera inevitable, un animal silencioso y peligroso que vigila cada uno de mis movimientos. Ella me obliga a mirarme con un espejo que no perdona. Cada gesto humano me parece inútil, cada palabra o ternura humana, un error. Cuando me adentro demasiado en mi soledad, encuentro una especie de vasta habitación blanca, fría, sin muebles, sin ventanas, con leves marcas de heces en el mosaico del suelo, donde retumba mi nombre como si viniera de lejos. Y allí me dejo estar, sin saber si soy todavía yo o apenas un eco que insiste en repetir algo que no entiende en absoluto.

Me gustaría que la soledad me proveyera de una rara sabiduría. Un reino que, pese al peligro, fuera amparo. Una profundidad fértil. Una fuente inagotable de lucidez. Pero no es el caso. Inmóvil como una piedra en el fondo del río, me ahogo. El silencio profundo me rodea con su fondo de sangre. Estoy en un territorio donde la lengua se detiene y donde el pensamiento baja a la sima de sí mismo. Allí, en el silencio y la terminante y compacta soledad, uno oye las huellas de sus recuerdos y el rumor muy tenue de lo que aún no existe; así brota y se desarrolla mi locura.

Solo descubro mis límites y mis excesos. Descubro que estoy vivo de un modo extraño, como si todo lo que soy estuviera suspendido en un hilo muy fino, a punto de cortarse a la menor excusa. Pero también descubro algo más: que, pese a mitologías de filosofías, no soy capaz de escuchar el pequeño latido de lo que todavía no sé decir, no sé articular una originalidad expresiva, no sé poner en palabras mi vida. Me asfixio. El aire denso y subterráneo me ahoga.

No, no me gusta, me hace mal mi soledad silenciosa. Pese a que esté condenado a vivir toda la vida en ella.

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