
Cuando escribo, mi cerebro encuentra una especie de válvula de seguridad. Si no escribiera, literalmente tendrías síntomas físicos: inquietud, ansiedad, saturación, dolor muscular, mareo interior. Mi yo sólo adquiere contorno cuando escribe, solo se desarrolla frente a la funesta manía de escribir. Al escribir «creo ser»: a veces me devora la sensación de no tener forma. La escritura es mi único yo real.
Mucho mejor que yo lo explicaron los genios. Kafka, en carta a Max Brod (1922):
«Escribir es para mí una forma de oración. No escribo para el público ni para la gloria: escribo porque, de no hacerlo, me sofocaría. Todo lo que no escribo se convierte en una llaga que me duele dentro del cuerpo. No tengo otro modo de existir más que este: poner en palabras aquello que si permaneciera dentro de mí me haría estallar. La literatura no es una profesión, sino una maldición y, a la vez, una salvación. Escribo porque el espíritu exige una salida, y porque me niego a vivir en silencio».
O Clarice Lispector, en sus «Diarios»: «Escribo como quien en la oscuridad palpa una pared para no caerse. Escribo porque tengo necesidad de comprender lo que mi propia vida me oculta. La escritura es mi única manera de asirme a mí misma. Cuando no escribo, siento que desaparezco, que mi existencia se torna invisible. Escribir es un llamado que no puedo desoír, un mandato tan implacable como el hambre. Escribo para no perderme, para no olvidarme, para no morir antes de tiempo».
Pessoa, en el «Libro del desasosiego»(fragmento 209): «Escribo por liberación, porque si no lo hiciera, mi alma se ahogaría dentro de mí. Escribo para olvidar la vida, para la cual no fui hecho. Escribo porque soy un enfermo del pensamiento, un habitante del intersticio entre el sueño y la vigilia. Escribo porque no sé sentir de otra manera. Todo en mí busca la palabra, como si las palabras fueran mi única patria. Si dejo de escribir, me disgrego, me diluyo, desaparezco».
Si pudiéramos resignarnos a la realidad, conformanos con lo común, adaptarnos a lo habitual, no tendríamos necesidad de literatura. Pero hay en muchos de nosotros una inquietud insaciable, un desajuste, un monstruo con fijeza de ojos verdes, un malestar que solo la escritura calma durante un instante. El que escribe es alguien que intenta sobrevivir a sí mismo. La idea es evidente: o escribo, o me muero.
Apresar lo informe y darle un hilado de tapiz. Atravesar la niebla, salir de la niebla con un yo más completo que antes. No escribo para entretener, ganar dinero ni con propósitos sociales o políticos. Escribo empujado por fuerzas incontrolables, escribo aunque nadie escuche, aunque nadie lea, aunque todo parezca inútil. Escribo porque no escribir sería traicionarme, envilecerme, arrastrarme por el fango. La literatura puede ser muchas cosas, menos un pasatiempo de dominguillos. Si no escribo soy un perro sarnoso abandonado en las esquinas más sucias y pobres de la ciudad.
Como dijo el hoy muy olvidado Domingos de Lencastre (1704–1766): «He intentado muchas veces dejar de escribir, y cada vez que lo he hecho, un malestar intenso se apoderó de mí, como si me faltara el aire. El escritor es un esclavo voluntario: se entrega a su tarea porque sabe que fuera de ella solo encontrará una confusión e insoportable caos. Cuando escribo, todo se ordena, todo adquiere un lugar en el gran universo de las cosas. Mas cuando no escribo, me disperso, me fragmento, me vuelvo un espectro de mí mismo. Así comprendí que la escritura no es una elección, sino un destino. Y quien intenta huir de su destino, se apena y extravía».
